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jueves, 13 de enero de 2011

LOS TRES JINETES






Anoche llamaron a la puerta, vaya por Dios. Seguro que no es una tía buena, me dije. Dejé el Play Boy sobre la mesilla, con el resto de pornografía barata que colma mis días. Me levanté con pocas ganas, fui rascándome la entrepierna, hurgándome la nariz, escupiendo en el suelo, tropezando con una lata de cerveza vacía, eructando, manejando con pericia un mondadientes entre mis piños cariados. Con mi peculiar andar chulesco de vaquero me llegue hasta la entrada.

Todo eso en los escasos dos metros que hay desde mi cama a la puerta.
Si es que soy un figura, coño.

Abrí de mala hostia, y me encontré de repente con tres jinetes del Apocalipsis: Muerte, Peste y Hambre.

¿Y Guerra? Inquirí.

"Le preguntamos a un vecino por tu casa. Creyó que éramos amigos tuyos y le descerrajó un tiro de escopeta. Dice tu vecino que te va a matar", contesto Hambre.

Sí, ya, es un capullo, le tire los tejos a su mujer. Dije escupiendo de nuevo. El salivazo cayó entre los huesos del pie de Muerte.

Bueno, ¿qué coño queréis a estas horas?, les pregunte.

"Estamos asolando el mundo, y hemos pasado por aquí porque eres un ser detestable", dijo Hambre.

“Aborrecible”, apostilló Peste.

“Abominable”, añadió Muerte.

Cojonudo, pasad, invité.

Cuando cruzaron el umbral el primero en salir corriendo a vomitar fue Peste.

"Es insoportable, que hedor a madriguera de bestia azmilclera".

Peste era un remilgado de mierda, el muy nena no toleraba el aroma a macho cabrío de mi morada.

No es para tanto, dije yo, mirando los rostros lívidos de los jinetes.

Cuando Muerte entró, mi perro despertó de su sueño de veintitrés horas diarias. Con ademanes de bicho hambriento se puso a olfatear sus tibias. Antes de que la dama anoréxica pudiese darse cuenta, el muy cabrón le había hurtado un hermoso fémur y ya corría a roerlo con tranquilidad en el montón más mullido de desperdicios del salón.

Muerte se desmorono con un ruido de tablones entrechocando.

Otro montón basura.

Sin embargo, quizá lo más curioso fue cuando Hambre abrió el refrigerador. Después de ver las telarañas frías de mi nevera, me pasó disimuladamente un brick de leche y un cartón de huevos.


Miquel Silvestre - (Cuentoyporquetanto)



2 comentarios:

jajajajaja, miguel, me traes a la imaginación la imagen de Torrente. No serás tú? jajajaja
Muy bueno, un besito.
Ziencia

Buen texto.

Un saludo.

Alacena de las Monjas