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jueves, 17 de febrero de 2011

LA VIDA VERDADERA DE ....ZIENCIA



No podía creerlo. Porprimera vez en su vida la risa se le congelaba en el rostro. Con la fuerza deun tsunami, el dolor la había devastado por completo en cuestión de segundos.Pese a ello, lo experimentaba con avidez de novata, deleitándose. Descubría quetambién era capaz de sentir una gran aflicción, como cualquier otro ser humano;podía sentir la congoja, el pesar, la pena, igual que los demás. A sus labios arribarondos lágrimas gigantescas muy distintas a las de siempre; estas ya no sabían alegres.

Hasta ese día únicamentehabía llorado de risa. Había nacido llorando a carcajadas, riéndose de todo,por todo. Cualquier gesto, cualquier palabra, movimiento, sonido, color o formale provocaban al instante una gran risotada que en pocos segundos ladescuajaringaba de risa. Pero lo peor, lo verdaderamente dramático, era que sucarcajeo resultaba irremediablemente contagioso. Todo el que se encontraracerca comenzaba a reír a mandíbula batiente sin escapatoria posible. Por ello,para evitar males mayores, sus padres tomaron la decisión de aislarla en lacasa familiar, en un cuarto insonorizado. A pesar de su gran soledad, la niñavivía feliz, desbordante, pletórica, loca de alegría y dicha.

Los neurólogos no seexplicaban el fenómeno. La risa de su pequeña paciente no parecía serconvulsiva, ni histriónica, ni la causaba ningún tic, ni se relacionaba conninguna modalidad del síndrome de Tourette. Por el contrario, su risa eragenuina, auténtica, y obedecía únicamente a la extraordinaria capacidad de lacriatura para percibir lo gracioso, el lado cómico de todas las cosas, aun lasmás trágicas. Por otra parte, la niña poseía una asombrosa dificultad parasentir emociones negativas.

Nunca pudo decir una frasede corrido. Se encanaba de risa completamente a la segunda palabra. De suhabitación, por ver si con ello mejoraba, se habían eliminado los estímulosvisuales o sonoros: paredes insonorizadas blancas, y un filtro de aire que nisiquiera permitía que se introdujeran olores. La niña ya no reía tanaparatosamente pero seguía pasándoselo en grande. Su estimulación ahora recaíasolamente sobre sí misma, su cuerpo, su olor, su voz, sus movimientos, sus pensamientosy el aroma, sabor, forma y color de los alimentos. Era más que suficiente.Practicaba hasta la extenuación el arte de la risa y pronto alcanzó unextremado virtuosismo. Risa breve, larga, concisa, estridente, sardónica,fingida, a tramos, a hipos. Risa modulada en todos los timbres y tonos, risafranca, risilla, risa afeminada, varonil, neutra, susurrada, enfática, sorda,risa de hiena, risa callada, risa angelical, jocosa, guasona, aguda, postiza…Dominaba todos los registros y su repertorio se volvió inagotable.

La adolescencia terminaba ylos padres de la muchacha se preocupaban por su futuro. Decidieron que lo mejorpara ella sería sacar partido de su desgraciado pero portentoso don. Hubosuerte y una productora de cine y televisión la contrató sin dudar para grabarrisas enlatadas a tutiplén y doblar a actores famosos en escenas querequiriesen una risa complicada. Con ella en plantilla, no precisaban a nadiemás para tan especializados menesteres. En el estudio de grabación fuenecesario habilitar una sala insonorizada para su uso exclusivo.

Se independizó de suspadres, o mejor dicho, ellos se independizaron al fin. Iba a ser mucho mejorpara todos que viviera sola. Cada día se dirigía al trabajo en ciclomotor. Paramitigar en la medida de lo posible la risa que era incapaz de contener, yevitar así que nadie a su alrededor pudiera contagiarse, salía de casa con elcasco puesto. Logró conseguir la concentración necesaria para conducir sin quesus continuas carcajadas le provocaran una caída. Solamente cuando se hallabadentro de su salita de grabación, se quitaba el casco.
Un día, por descuido, por unimprevisible azar, coincidió en el ascensor con un hombre joven que parecía serun vecino de un piso superior. A tan corta distancia, el casco no ofrecíaninguna protección y pronto su vecino sintió los efectos contagiosos de su hiperbólicarisa. Anduvo tambaleándose por sus propias risotadas hasta que por fin logróintroducirse en su coche, en el garaje del inmueble. Era el primer joven queella veía de cerca y le causó tan hondo reír que aquel día, por primera vez,llegó tarde al trabajo y su risa tembló durante toda la jornada.

A partir de ese momentoprestó atención al horario del vecino con el propósito de tropezarse con él amenudo. Se pondría el casco en el garaje, no lo llevaría más en el ascensor. Leresultó muy fácil volver a encontrarse con él una y otra vez. Las risasiniciales, casi espasmódicas, fueron transformándose con el tiempo en risasemotivas que evolucionaron a risitas sensuales y seductoras de las que tambiénél se contagiaba. El primer día que, casi sin querer, se rozaron los dedos, setroncharon de la risa. En otra ocasión que ella tuvo la oportunidad de tocarleel pelo, las risas a labio partido terminaron provocando un inquietantebalanceo en el ascensor.

Al principio, su vecino nopodía hacer gran cosa para zafarse pues en cuanto ella le veía, ambos se moríanviolentamente de risa. Pero al final del primer mes ella había cambiado deforma de reír. El vecino llegó a pensar que, riendo de este nuevo modo, hasta parecíabonita. Aun así, evitaba tocarla en la medida de lo posible, por temor a losterribles arrebatos que, como una explosión en cadena, se derivarían del másmínimo contacto. Se atrincheraba en una esquina del ascensor, pegado a susparedes como a una aspiradora, consciente de que reír con tanto donaire era porfuerza una invitación a acercarse y que acabarían inexorablemente por lossuelos.

Por fin, un raro día en quela risa alcanzó casi el susurro, el joven logró por primera vez decir algo.
−¿De qué carajo te ríes?

La pregunta fue taninesperada que, por primera vez desde el día en que naciera, ella detuvo enseco su risa. Se mantuvo un instante en silencio mirando al hombre que seencontraba en la otra punta del ascensor, quien asimismo había dejado de reír.Y entonces logró también decir algo, con la diferencia de que para ella eranlas primeras frases de su vida.

−Me río de tus ojos cuandoestallan de risa, de tu calor que me traspasa la piel y las cosquillas, de tualiento tan bueno como un melón, de tus manos que no paran de bailar, de tusombra rota, del perfume de tus calcetines, de un pelo rojo que te sale de lanariz, de las arrugas de tu pantalón, de…

Se quedó sola en el garajeexplicando a nadie todos los porqués de su alegría con él. Horas después,consciente de que no podría terminar nunca, se calló y volvió a reír. Se sentíaexultante de felicidad. No fue al trabajo, regresó a casa para seguir riéndosede él, aunque ya no con él, y a experimentar decenas de sensaciones nuevas asus anchas. Estaba aprendiendo a reír de amor.

Tras esta culminanteexperiencia, la muchacha reunió el valor suficiente para dar un paso más: iríaa llamar a su puerta. Para no delatarse, subiría la escalera con una venda enlos ojos y tapones en los oídos. Con poca estimulación podría a duras penasreprimir las carcajadas, pero podría. Él vivía un piso más arriba. Ella respiróhondo ante su puerta y se quitó los tapones. Escuchó una voz femenina queprocedía del interior:
−Deberíamos llamar a lapolicía. Esa chica te está volviendo loco y yo también me estoy volviendo loca.

−Hoy al menos he podidohablarle y dejó de reír por un rato.
−¿Y eso qué? Cuando está ella,somos marionetas en sus manos. Hasta cuando discutimos, nos mondamos. Essencillamente insoportable. La odio.
−Yo también la odio y creoque mucho más que tú… Ven, dame un beso. Aprovechemos que ha salido.

Quiso seguir escuchando peronotó que sus oídos se obstruían sin necesidad de tapones. Regresó a su piso sinla venda, con los ojos abiertos y la mueca de su risa congelada en el rostro. Yentonces, por primera vez en su vida, conoció el sabor de las lágrimas tristes,supo lo que era el dolor.

A las primeras lágrimas sesucedieron suspiros, lamentos, quejas, llantinas, gemidos, sollozos, rabietas yberrinches. Llorar desesperadamente no era tan diferente de morirse de risa. Depronto, todo a su alrededor le mostraba un rostro distinto, el de la pena, laautocompasión y el duelo. Estaba segura de que ya no podría nunca dejar desufrir.

Dejó el trabajo con un buenacuerdo a cambio de renunciar a cualquier derecho sobre sus risas enlatadas. Nisiquiera ser ya incapaz de reír le había facilitado la vida; por el contrario,su llanto era tan contagioso como antes su risa y podía por ello convertirse enun verdadero peligro público. Se encerró en su hogar dispuesta a dejarsemarchitar por el abatimiento; si se podía morir de pena, entonces moriría deese modo.
Una tarde sonó el timbre dela puerta con desesperada insistencia. Había quien quería verla a pesar decontagiar tanta pesadumbre y desdicha. En el descansillo, con el rostro másdoliente que jamás había visto, su vecino de arriba luchaba por mantenerseerguido. Tuvo el coraje de mirarla a los ojos y, casi sin voz, preguntó:
−¿Por qué diablos llorasahora?

El llanto de los dos sedetuvo abruptamente. La chica comprendió que él la oiría llorar desde su piso, talcomo antes oía sus risas. La dicha, amortiguada por el tabique del techo, sepodría soportar. Sin embargo, el más intenso pesar concebible, aunque atenuadopor bloques de cemento, un espanto así debía sentirse insoportable allá arriba.Esta vez ella no supo qué contestarle, ninguna palabra se formaba siquiera ensu mente, pero notó en el acto que su dolor había terminado, y con él, sumimética réplica en el atribulado vecino.
−Ella, mi esposa, se hamarchado.

El joven habló con elimpulso de un gemido apenas perceptible pero con un tono que era realmente suyo.Sin embargo, fue suficiente para que, por primera vez también, ella secontagiara de un dolor extraño, lo compartiera, lo viviera como propio y ansiaramitigarlo. Y se dio cuenta de que aquello, sentir lo que otro sentía, era lomás importante que jamás antes le había ocurrido. Sentir porque otros sentíansería lo que de verdad la volvería humana, lo que la haría parecida a losdemás. Podría definitivamente comprenderles, podría también ser comprendida.Ese era el mejor regalo que su vecino le había hecho, mucho más precioso que sila hubiese amado: su propio dolor, no el fruto de un contagio sino el que seoriginaba en sí mismo, el que partía de su propio centro, el dolor por haberperdido para siempre a la mujer que amaba.
Él cerró los ojos y se dejóabrazar como un niño pequeño. Sintió alivio de inmediato.


Clarabt

jueves, 3 de febrero de 2011

LA VIDA VERDADERA DE DND (POR CLARA)




Ya no podía más. Estaba hasta las pelotas de confesar. Le habría gustado ser Papa únicamente para erradicar el dichoso sacramento del rito católico.
Había pedido al obispo un cambio de parroquia más de quinientas veces. La razón: la obsesiva, patológica y fanática compulsión de las feligresas a repetir hasta la náusea el sacramento de la penitencia. Tras veinte años de paciente dedicación al ministerio sacerdotal, podía afirmar sin el menor género de duda que en aquel pueblo confesarse creaba adicción. Cada domingo, durante el sermón, importaba tres cojones el trozo de evangelio que tocara leer, el cura párroco Desiderio Núñez Domínguez siempre hablaba de lo mismo: que Dios no era tan estricto, ni tan susceptible, ni tan fácil de ofender, que se hacía perder tiempo al Padre Celestial pidiéndole perdón por todo, absolutamente por todo, y que, sintiéndolo mucho, en realidad a Dios le importábamos un carajo. Que Él tenía muchos planetas y en cada uno de ellos muchos pecadores, y, justo era reconocerlo, el Altísimo ya acumulaba sus añitos…
Pues ni por esas. Exageraba con toda la intención, vomitaba blasfemias a diestro y siniestro, inventaba herejías que hubieran hecho sonrojar al mismísimo Anticristo. Todo era inútil. Mientras los cuatro hombres que aún asistían a Misa se removían incómodos en sus asientos, la aplastante mayoría femenina permanecía impasible en los bancos de la iglesia con el propósito inquebrantable de esperar que se acabara la liturgia para hacer turno en el confesionario. Los aledaños de la celosía ante la que habrían de arrodillarse estaban atestados; en las zonas más alejadas únicamente se sentaban las dos sordas oficiales que había en el pueblo.
Mucho se había preguntado el párroco por el motivo de tan desmesurado éxito en una tarea que en la mayor parte de parroquias estaba seriamente en declive. Puesto que en otras comunidades que había pastoreado no se había producido el inquietante fenómeno, al principio pensó que eran aquellas mujeres, por alguna histórica y étnica razón, las locas de atar. Se convenció de que estaban atrapadas sin remisión en una espiral adictiva de la que no sabían escapar. Para ellas, contar intimidades a un desconocido vestido con una sotana era una droga, arrodillarse para descubrir secretos, un puto y exasperante vicio.
Sin embargo, durante una neumonía que le apartó durante un mes de sus obligaciones, las parroquianas se habían negado en redondo a confesarse con su sustituto. Habían llenado la iglesia de velas para pedir por su curación y paralizado el pueblo entre novenas, vía crucis y visitas continuas a su casa con toda clase de medicinas y remedios. Comprendió entonces que aquel apetito desordenado por el santo sacramento de la confesión se producía por la específica reacción que provocaba el contacto entre él y aquellas feligresas. Un raro fenómeno que ocurría una vez cada mil millones de años.
Debía reconocer que al principio le había encantado el fervor que mostraban todas aquellas señoras. Se sintió orgulloso cuando, a los siete meses de su llegada, tuvo que apartar algunos bancos para que la cola ante el confesionario pudiera formarse. Pero ahora, después de dos años, se encontraba exhausto, y lo peor era que ni siquiera podía asegurar que conociera en profundidad el alma femenina. Todo había sido en el fondo una cháchara imparable con distintas voces, todas hablando de lo mismo, todas hablando de nada.
Tenía que hacer algo o se volvería loco. Ya había intentado cerrar el confesionario “por obras”, llegándolo a tapiar incluso, pero ello había provocado casi un motín en el pueblo. No sólo protestaron las mujeres, también los hombres querían paz, sus vidas cotidianas en su sitio. Además, tampoco había podido limitar las horas de confesión, por el contrario había tenido que aumentarlas, sometido a un chantaje en forma de huelga total, que había dejado la iglesia completamente vacía durante tres semanas. En otro intento, había fingido estar enfermo por temporadas, pero la extrema dedicación de sus feligresas en pro de la recuperación de su salud hacía inviable prolongar en exceso la mentira. Y el Obispo estaba ya descartado. La última vez que se lo había pedido, su superior eclesiástico había insinuado la excomunión.
Sin escapatoria ninguna, estaba obligado a encerrarse en un cubículo durante seis horas diarias. De ningún modo esas mujeres hubieran aceptado ser confesadas en otro lugar, su adicción requería el escenario. Decidió entonces que, al menos, él podía rebelarse no prestándoles atención. No escuchar nada. Era ya un experto en saber cuándo debía hablar, cuándo callar y cuándo terminar el asunto. Además, buscaría algún entretenimiento para pasar el rato.
La lectura presentaba dificultades de iluminación y requería demasiada concentración, así que en un principio se llevó crucigramas y sudokus al confesionario, que completaba con ayuda de una linterna. Durante algunas semanas se sintió más feliz, pero pronto ansió aumentar su repertorio de entretenimientos, algo más apasionante que le ayudara a no escuchar, a no tragarse más pecados de esa cruz que le había caído en forma de banda de histéricas. Que le llamara machista quien quisiera.
Descubrir por azar que en todos los ordenadores había juegos de solitarios y recordar que había un portátil guardado en un armario desde el día en que llegó fue todo una. Acompañado de las voces incesantes que hablaban de infidelidades, envidias, difamaciones y movidas varias, veía con deleite aumentar su porcentaje de juegos ganados, buscaminas, sims, ajedrez, y el solitario spider. Ellas no se daban ni cuenta. Maldita sea, suspiraba el párroco cuando picaba con su ratón en una mina, y ellas, conmovidas por el modo en que su espejo clerical se tomaba sus nimios asuntos, se sentían comprendidas por primera vez en su vida, acompañadas en su duro caminar de mujeres casadas por costumbre, folladas por inercia, y madres por obligación. El párroco Desiderio, por su lado, cuando comprendió que por muy rápido que obrara no podría batir su propio record en el buscaminas, lo abandonó. Las voces, de nuevo, se dejaron oír, clarísimas, contundentes, apabullantes: sólo usted, señor cura, nos entiende. Si usted no estuviera…
Ojalá no estuviera, pensaba abatido. Ojalá. Fue precisamente una feligresa, una de las más recalcitrantes, la que le insinuó las posibilidades de Internet. Ella había conocido a un camionero senegalés que le había redescubierto el sexo. Cuatro padrenuestros y tres avemarías, ordenó rutinariamente el cura. Pero se quedó con la copla. ¿Internet?
Convenció al Arzobispo para poner un wifi en su parroquia. Había que adaptarse a los tiempos, explicó haciéndose el experto. Cuando pudo navegar en su confesionario, descubrió esa ventana que le permitiría sentirse vivo. Sí, vivo. Porque todas aquellas mujeres le chupaban la energía, le colonizaban la mente, le invadían el espíritu. Vivo, por fin, por su cuenta. Un blog, eso haría. Era sencillo, sabiendo encender el ordenador y clickear con un ratón, todo lo demás estaba chupado.
En su blog, para evitar ser descubierto, fingía ser anticlerical. El azote de los curas pederastas, el dedo en la llaga de la curia materialista y codiciosa, la voz que denunciaba la hipocresía eclesial. Pronto tuvo, cómo no, un pequeño grupo de admiradoras. Pero no le contaban pecados, eso las distinguía. No le pedían la absolución. No reclamaban ningún consejo espiritual. Entusiasmado, llevó su nueva feligresía virtual por los caminos más ateos que era capaz, logrando un liderazgo que no deseaba, que le resultaba conocido, pero que esta vez le permitía ser él mismo.
Su fama traspasó fronteras. Pero su inocencia era aún notable. Creyó que con bautizarse con las siglas de su nombre, dnd, nadie descubriría jamás su verdadero nombre. Pero la red era implacable, todo rastro suyo había dejado huella, y finalmente su identidad quedó al descubierto, no para sus adeptos en el blog, que ya eran tanto mujeres como hombres, sino para la gente que le pagaba el sueldo.
El mismísimo Papa de Roma, completamente de incógnito y con discretas pero muy amplias medidas de seguridad, fue a visitarle a su parroquia. Dnd se sintió anonadado, arrepentido, compungido, un ser execrable que había traicionado sus principios por un afán hedonista impropio de una persona consagrada a los demás. Su afán exculpatorio apenas dejaba hablar al Sumo Pontífice que le miraba con sonrisa paternal. Cuando al fin, extenuado, con los ojos bañados en lágrimas, y la sotana raída de tanto arañarse el pecho, calló sus súplicas y bajó la mirada, Benedicto XVI le puso su anillada mano en el hombro y le obligó a mirarle a los ojos.
−Hijo mío, ¿no puedo yo colgar algún post en ese blog tuyo?

miércoles, 2 de febrero de 2011

LA VIDA VERDADERA DE: alacena de las monjas




El viaje era largo desde Alamon, su planeta de nacimiento,ese lugar del Universo al que tardaría tanto en volver. Se dirigía a un astroremoto, carente de interés para los alamonitas, un planeta sin importancia enlos confines de todas las galaxias, un ignoto y aislado lugar denominadoTierra, que poseía una corteza sólida, rocosa y recubierta de líquido, donde sehabía detectado vida.

Aún le molestaba el plexo como consecuencia del tratamientolinfotérmico al que había sido sometida junto a la implantación subcutánea dela alimentación vitalicia. Tierra estaba tan lejos que durante el viaje habíadebido romper dos barreras de tiempo. Gracias al tratamiento, su vida no seajustaría a los nuevos parámetros temporales y, excepto si las descargas delinfotes no habían sido suficientes, viviría en Tierra millones de años. Perosin embargo, cuando regresara a Alamon al final de su vida activa, aún podríaencontrarse con los alamonitas que había conocido antes de marchar.Simplemente, su cuerpo actuaría como si no hubiese traspasado barrera de tiempoalguna y envejecería como si jamás hubiera salido de Alamon.

Los tres primeros años de viaje habían transcurrido tambiénen Alamon, pero tras la primera barrera temporal, los tres años siguientes sehabían computado allí como un brevísimo instante. También ella había envejecidomenos de una milmillonésima de segundo. Subjetivamente, sin embargo, el viajeque llegaba a su fin había durado seis años, tiempo de sobra para lamentarse desu destino, para intentar aceptar que iba a pasar el resto de su vida activacompletamente sola junto a cuatro bacterias. Que cada año en Alamon equivalía acien millones y que los viviría todos, uno por uno. Sesenta años, la vidaactiva normal de cualquier alamonita, serían para ella seis mil millones deaños, una cantidad asombrosa de vida, que le costaba concebir. Cuando vislumbróel planeta, una pequeña piedra en una galaxia muy menor, se dio cuenta de queaún no había conseguido aceptar su suerte y que quizá nunca lo haría.

Tierra tenía mucha materia líquida sobre su superficierocosa. Dentro de aquel mar se encontraba su objeto de estudio, las bacteriasque supuestamente nadaban en él, sobre las que tenía rigurosamente prohibidacualquier intervención.  Su trabajo sereduciría a observarlas y describirlas, y a elaborar un informe que seredactaría una vez cada ciento treinta y seis mil novecientos ochenta y seisdías en Tierra, y se recibiría dos veces al día en Alamon. Mucho tiempo parapensar, para rebelarse contra su suerte. Cuando su pequeña nave se desvaneciósegún lo establecido, hizo un esfuerzo para no lanzarse a la nubedesintegradora. En pocos minutos, la única posibilidad de regresar a casa sehabía esfumado. Sin la menor esperanza, exploró parte del planeta en suvehículo adaptado. Por todos lados el mismo líquido acuoso, excepto pequeñasacumulaciones de rocas sedimentarias emergiendo. Nada más.

Enseguida supo que dedicaría todos sus esfuerzos a intentarescapar de Tierra. Sin embargo, a pesar de poseer todos los conocimientos parahacerlo y de traer algunos aparatos, carecía de todo, allí sólo había un caldoespeso, rico en moléculas de todas clases, aunque en absoluto utilizable parala huída. Pero sobre todo carecía de lo esencial: muchos más alamonitas con losque desarrollar de la nada la tecnología que le haría posible regresar aAlamon, donde intentaría vivir de incógnito. Además, la falta de una atmósferacon oxígeno indicaba que aquel planeta, en cuanto a vida se refería, jamástendría otra cosa que un puñado de bacterias anaerobias. Tras comprobarexhaustivamente esta hipótesis, envió el informe de inmediato: las bacteriasencontradas en Tierra no tenían la menor posibilidad de evolucionar a nada másy se extinguirían en apenas una docena de millones de años. No quería imaginarlo que haría el resto del tiempo.

Tenía tiempo al menos. El largo tiempo de permanencia enTierra, justamente lo que más odiaba, se presentaba en aquellos momentos comosu única y razonable ayuda. Podría intentar forzar una evolución que hicieraposible la aparición de formas más complejas de vida. Si lo lograra, losmiembros de la especie más adecuada serían la mano de obra que necesitaba, sinla cual jamás podría escapar. Sonrió. Apenas tenía que aplicar algunosconocimientos de su educación primaria. Bastaba, para iniciar el proceso, queaquellas estúpidas bacterias se pusieran a realizar la fotosíntesis. El limo,por ejemplo, serviría. No era magia, era fotosíntesis, y luz había a raudales.

Tardó mil millones de años en lograr una atmósfera rica enoxígeno, mucho más de lo que había pensado al inicio. La culpa la tuvo laabundancia de hierro en el planeta, que lo absorbía todo. Tuvo que esperarpacientemente a que se oxidara. Por fin, el oxígeno empezó a acumularse en laatmósfera. Tenía que ser mucho para que formara una capa protectora contra losrayos ultravioleta del Sol. Todo consistía en contener al Sol para que los millonesde células marinas, que se desarrollaban a lo largo de ochocientos millones deaños en un mar que ya contenía oxígeno, abandonaran su refugio acuático yconquistaran tierra firme, una tierra emergida cuya superficie había aumentadonotablemente desde la primera vez que pisara Tierra.
Durante todo aquel larguísimo y aburrido tramo se divertíacambiando a su aire la composición de las células, ensayando miles decombinaciones distintas. Un día, casi por azar, logró la mutación de lareproducción sexual, que facilitaría mucho la propagación. Se sintió muyorgullosa y por un momento se olvido de que hacía un frío mortal. Tendríatambién que solucionar eso.

Lloró de alegría cuando vio prosperar la primera planta alaire libre. Era muy consciente de que, en aquel punto, ya podía inducir laaparición de cualquier especie, la que quisiera. Tenía de base extensosconocimientos que relacionaban absolutamente todas las variables de un procesoy llevaba en Tierra demasiado tiempo. Ese era todo el secreto. Ya estaba listapara iniciar la búsqueda de la especie elegida.
Los anfibios y los helechos, cuya invención en un principiole había parecido genial, poco a poco fueron perdieron interés. Decidióreducirlos drásticamente mediante una ligera modificación en el clima, algosencillo que tuvo como consecuencia la sequedad y la extinción de muchísimasespecies de su primer intento serio. Si lo que andaba buscando era laindependencia de los seres vivos del agua, lo más expeditivo era quitársela ypunto. La especie elegida sería un animal fuerte y completamente independientedel mar. Los reptiles, cuyo surgimiento impulsó febrilmente, parecían cumplirmucho mejor sus requisitos. Fuertes y vigorosos, ellos, junto a la grancantidad de vegetales que, casi como churros, había conseguido propagar, seríanlos verdaderos conquistadores de tierra firme, el primer paso hacia la únicaconquista que le importaba: el regreso al hogar.

Se entusiasmó con los reptiles y logró unas cuantasespecies, realmente enormes e imponentes, de grandes saurios. Pero pronto sedio cuenta de que, por mucha masa que alcanzaran, sus cerebros nunca podríandesarrollarse el mínimo que ella precisaba. Lo había comprobado varias vecesmatemáticamente, no había nada que hacer. Así que, un día especialmente nostálgico,decidió quitárselos de encima y buscar otras opciones. Ya había ideado especiesreptiles voladoras, aunque no resultaran, y la idea de levantarse del suelo lehabía atraído considerablemente. Harta de los dinosaurios y no ocurriéndoselenada mejor, alteró el magnetismo de los polos atrayendo a un meteorito que selos llevó a todos por delante.

El espacio terrestre había quedado libre para sus nuevosproyectos. El primero de ellos, las aves, que ya había iniciado en la etapa delos grandes reptiles aunque a pequeña escala, fue realizado ampliamente. Elsegundo proyecto iría en otra dirección: lograr especies que pudierandesarrollar una mínima inteligencia. Parecía claro que, aunque la reproducciónsexual había facilitado la propagación, la formación de nuevos seres en elexterior jamás permitiría un óptimo desarrollo del cerebro, pues un huevo a laintemperie no prosperaría expuesto durante largo tiempo. Era necesario, pues,que los nuevos seres vivos se formaran en un espacio protegido, donde pudieranestar más tiempo desarrollando su sistema nervioso. Tras mucho pensar y muchoprobar, un día dio con la solución: el lugar más seguro no podía ser otro quelas entrañas de las hembras. Además, dividió el plazo para el desarrollo delcerebro en dos fases: la primera tendría lugar en el interior de la madre y lasegunda al exterior pero profundamente ligado a ella. De este modo, por fintendría lugar el aprendizaje, algo que muy difícilmente estaba logrando en lasaves, y que sin embargo marcaba la diferencia respecto a la conducta instintivay automática. Se le ocurrió la brillante idea de proveer a las madres delalimento para sus crías, para que así se vincularan estrechamente y la críapudiera aprender de la conducta materna. Con la facultad de aprender establecida,la alamonita podría enseñarles todo lo que necesitaba que aprendieran. Aunqueen Tierra no había nadie ante quien presumir, y por supuesto nada de ello podíaser escrito en los informes, tras el invento de los mamíferos tuvo la clarasensación de ser un genio tontamente desperdiciado en un planeta inútil.

La vida junto a todas aquellas nuevas especies de aves ymamíferos, y la belleza de la vida vegetal que avanzaba exuberante, hicieronque, por primera vez en los más de dos mil millones de años de residencia enTierra, se sintiera feliz y en paz. No sabía cómo, pero había logrado elparaíso. Pese a ello, su sueño de marchar seguía intensamente vivo, mucho másahora que veía cercana la posibilidad de una especie realmente creada paraayudarle.

Tras alcanzar una notable variedad de mamíferos, estuvo untiempo dudando sobre la especie a la que dedicaría todos sus esfuerzos: elprivilegio en aquel entonces se lo disputaban cetáceos y simios.
Los cetáceos eran su debilidad emocional. Pasaba muchas horasjugando a su lado, esos animales tenían una notable habilidad para comunicarsecon ella. Pero habían sido creados simplemente por probar todas las variantesde mamíferos, y a ellos les había tocado ser la variante del mar. Dentro delmar, por desgracia, no le servían para nada.

Finalmente los simios fueron los escogidos, y entre ellosuna especie bastante agresiva, la humana. Pensó que podría aprovechar subelicosidad como motivación para el desarrollo tecnológico que debían lograr. Yno se equivocaba. La nimia importancia de los machos en la pervivencia de lasespecies de mamíferos podía serle útil si lograba imbuirles una autoconcienciaque les separara de todo lo demás. Decidió, con algún remordimiento, queforzaría la toma de poder de algunos machos. Sabía muy bien que abría una cajade Pandora, pero era por una buena causa: el regreso a casa. Seleccionó a dosmachos de una camada y los modificó para que canalizaran su agresividadnatural, no contra otros machos por el apareamiento, como solían hacer al igualque muchos otros mamíferos, sino contra absolutamente todo. Sólo asíconseguiría que explotaran los recursos de Tierra, riquísimos después de tantotrabajo, y a los individuos de su misma y otras especies para extraerlos.

El resto fue pan comido. Los humanos, a diferencia de loscetáceos, no podían comunicarse con ella excepto a través de los sueños. Mejorque mejor. Todo lo que hizo la especie humana a partir de entonces fue ejecutarlas órdenes, que algunos miembros recibían en sueños, de la alamonita.Moviéndoles a la guerra constante, desarrollaron una incipiente metalurgia quea ella le era vital. No podía explicarles que aquellos materiales seríanutilizados para la construcción de la nave en la que retornaría. Les decía, porel contrario, que servirían para mejorar sus armas y su potencial guerrero. Eramás que suficiente.

Tuvo entonces una seria duda moral. Se daba cuenta de queestaba pervirtiendo el cosmos. Tierra ya no era el paraíso de unos pocos milesde años antes. Se preguntó si tenía derecho a hacer eso. Pero, viendo que yaera demasiado tarde, que el monstruo que había creado avanzaba imparable,decidió llegar hasta el final para que al menos todo aquel sufrimiento tuvierasentido. Pronto logró que experimentaran con los átomos, un importante paso,que obtuvo, entre otras muchas cosas, un gran avance en las comunicaciones,algo que, junto a los materiales, era básico para alcanzar su objetivo. Nuevasfuentes de energía, ferrocarril, telégrafo, teléfono, y luego conexión enredes. Los belicosos humanos aprendían rápido. Fue esta la primera vez que pudocomunicarse con humanos en su vigilia. Y también la última. Por un brevísimotiempo chateó con algunos adoptando, por seguir la costumbre humana, un nombrepropio. Eligió Alacena de las Monjas porque en él estaba escrito Alamon.

Tras los átomos, llegó el conocimiento sideral, eldescubrimiento de las barreras temporales, de las ocho dimensiones, delUniverso sólido del cual el nuestro sólo era una burbuja. En Tierra, la naveestaba casi lista. La mayor parte de sus especies se habían extinguido. Lospropios humanos se habían reducido brutalmente y estaban, como todo lo vivo enTierra, a punto de fenecer. Los humanos habían llevado la guerra y laexplotación a niveles incompatibles con la vida. Un solo humano, dueño y señorde todo, aspiraba a huir en la nave. Sólo la alamonita sabía que nunca lolograría.

Contempló Tierra por última vez antes de rebasar Plutón.Seguía siendo azul aunque ya estaba muerto. Miró adelante. Alamon, su Alamon,la recibiría para morir también. Le había ganado veinte años a los sesenta devida activa, pero apenas viviría cuarenta más cuando llegara a su planetanatal. Y eso, después de más de tres mil millones de años, se sentía como estara las puertas de la muerte. No le importó, incluso lo deseaba. Estaba cansadade vivir.

Clarabt