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jueves, 10 de febrero de 2011

SENDEROS DEL ALMA

Alacena de las Monjas




“No es fácil hurgar en los senderos del alma y resucitar los monstruos de la vida. Pero lo he hecho. Y aquí, en estas confesiones, mi alma recorre, buscando un no sé qué, las palabras”



Adoraba el mar. Desde el puente, todas las tardes admiraba el relajante ir y venir de las olas sentada en una hamaca que mi madre me entregaba para evitar un cansancio excesivo. Yo estaba enferma, y en cuanto realizaba el más insignificante esfuerzo, los tubérculos, aposentados en mis pulmones, impedían que absorbiera el aire. Por ello, percibía con los ojos la suavidad de un oleaje que no podía recibir en mi piel.

Los inviernos eran muy tristes. Como casi siempre lloviznaba, dejaba transcurrir los días recluida en mi aposento en compañía de una profesora por la mañana y de los juegos por la tarde.

En el verano todo era más alegre porque paseaba, lentamente, por el campo. A veces, un acceso de tos me obligaba a detenerme en el camino, a menudo echada sobre la arena si no hallaba piedra alguna. Mientras recobraba el aliento, examinaba al señor Alejandro cultivando sus tierras. Este hombre aparecía y desaparecía entre las hojas de remolacha, dejando un rastro de humo procedente de su enorme pipa, y por el que localizaba el lugar exacto en el que se encontraba agazapado. Yo seguía los movimientos a veces violentos, generalmente pausados, de la humareda. En una ocasión, esta permaneció fija en el mismo lugar del espacio bastante tiempo, como si soplaran dos vientos en direcciones contrarias que evitaran su desplazamiento. Intrigada, me dirigí hacia Alejandro y lo encontré dormido en un surco con la humeante pipa entre los labios.

Otras veces, la abuela Emiliana caminaba, con la azada sobre el hombro, en dirección a la sierra. Era muy vieja y casi ciega, pero muy fuerte: nunca descubrí en su rostro un gesto de agotamiento. A mí me analizaba con desolación y amargura por la fragilidad con que me alumbraron. Me aconsejó que bebiera muchos huevos batidos, porque eran buenísimos para terminar con todo tipo de debilidades. Seguí su consejo durante algún tiempo, de modo que, cuando caía la noche y todos dormían, iba a la cocina y los preparaba. Como no apreciaba mejoría alguna, los abandoné, pero nunca pude volver a comerlos.

Mis paseos no eran muy largos porque me cansaba, pero los recorridos eran cambiantes según fuese mi estado anímico. Así, si un día amanecía alegre, seguía la senda que finalizaba en la choza de “Trapito”; si despertaba con grandes pesares, visitaba a Teresa.

“Trapito” era muy simpático. Lo apodaron así porque llevaba un pequeño esparadrapo en la punta de la nariz con el que intentaba disimular el trozo de carne que le faltaba. Un Guardia Civil se lo arrancó de un disparo cuando lo sorprendió robando en la finca de don Paco, el alcalde del pueblo. “Trapito” le estaba agradecido, porque aseguraba que lo hizo por su bien, como escarmiento para que no volviera a introducir la nariz en las propiedades de los demás. Aprendió la lección y toda su vida actuó con gran rectitud, engañando su hambre con la ingestión de hierbas, serpientes y lagartos.

En una ocasión hizo una demostración de cómo cazaba y preparaba estos reptiles. Los vigilaba largamente y, cuando los sabía dormidos, les aplastaba con una piedra la erguida cabeza. Una vez muertos, los introducía en una bolsa y, en el momento que reunía veinte o treinta, se encaminaba a su habitáculo. Allí, encima de una piedra, separaba la cabeza del resto del cuerpo, los abría en canal y los limpiaba. Posteriormente procedía a lavarlos en un regato que discurría por las cercanías para, finalmente, cocerlos en un recipiente que contenía agua, sal y berros.

Le gustaban bastante los lagartos, sobre todo si eran verdes, porque decía que estos eran más sabrosos y blandos que los marrones. Si, le gustaban mucho los lagartos verdes.

“Trapito” era muy simpático. Las tardes de los sábados ofrecía su arte a cambio de una peseta. Antes de comenzar la actuación cobraba su importe y, si alguien no había podido conseguir la moneda, le fiaba hasta el siguiente sábado. Hubo un chico que nunca obtenía el dinero, y “Trapito” le daba crédito actuación tras actuación. Comentaba “Trapito” que los padres de este niño eran muy pobres, y que su madre pedía limosna en la plaza del pueblo. Por ello, como presentía que estaba hambriento le dejaba ver gratis sus funciones, ya que, cierta vez, un hombre muy sabio le dijo que la cultura mataba la necesidad de comer.

Las representaciones las llevaba a cabo en un llano cercano al cementerio. Allí, como no poseía sillas, disponía, en fila, varias piedras rematadas con tablas de las que, a menudo, sobresalían puntas que nos pinchaban las nalgas.

El telón lo confeccionaba con una cuerda amarrada a dos secos y tortuosos árboles, de la que colgaba una raída colcha con abundantes agujeros por los que examinábamos sus inertes, calladas y tétricas marionetas. Los títeres eran tres, una figura de hombre y dos de mujer. Las tenía clavadas en una tabla en forma de cruz y, con unos hilos situados debajo de los hombros, las hacía bailar al ritmo de la chirriante música que emanaba de su silbato.

A mí, de todo lo que representaba, lo que más me entusiasmaba era el número de la “culona”. Disfrazado con un vestido de mujer, abultaba con cartones desmesuradamente su trasero y cantaba una canción que decía así:

“Allí va la culona, meneando el culo,
a casa del pescadero a por besugo,
y el pescadero le dice que no hay besugo
y aquí viene la culona meneando el culo”

Aunque todos los sábados repetía la misma función, “Trapito” era muy simpático.

Mis paseos eran cortos debido a mi quebradiza salud. Si me sentía contenta, visitaba a “Trapito”, que habitaba cerca, pero si la congoja me atormentaba, encaminaba mis pasos hacia la vivienda de Teresa, mucho más cercana que la del cazador de reptiles.

Teresa era muy guapa, pero siempre estaba triste y vestida de negro. Me encantaba charlar con ella porque decía que sanaría y sería dichosa, que lo leía en las rayas de mi mano. La creí y, aunque aún no estoy curada, tengo fe en su pronóstico.

Estaba casada con Antonio, el pescador más taciturno y solitario de toda la bahía. El hombre se encontraba preso y, desde la penitenciaria le escribía cartas y versos tan hermosos que parecía un poeta. Yo se las leía porque Teresa era analfabeta. Lo que más la extasiaba eran los poemas, que me obligaba a recitarle una y otra vez mientras sujetaba una amarillenta fotografía de su marido. De todos los versos, Teresa prefería uno, que refería en voz alta en los momentos de más grande abatimiento. Creía que con ello ofendía al Señor, y un día que tubo que confesarse manifestó al cura este gran pecado con un recital proveniente de su melodiosa voz. Creo que el poema era así:

“!Cuantas noches esperando,
una esperanza, Señor!
¡Cuantas noches delirando
pidiendo mi salvación!
De Ti lo esperaba todo, esperanza y salvación,
y Tú no me distes nada,
y yo te di, ¡mi furor!
Si Dios no te da la mano,
la mano que Él te ofreció,
si Dios te deja pudrirte,
Entonces, entonces, ¡olvídalo!”

El confesor la absolvió, y ni siquiera le impuso la penitencia de un Padre Nuestro.

Como Teresa era analfabeta, me enteré de todo lo que su marido sufría en prisión. Escribía que, tras los barrotes de su celda, consumía un arrugado cigarrillo apoyado en el alféizar de la ventana mientras contemplaba, deslizándose, toda la podredumbre y miseria de su existencia. En la blanca y desgastada roca del sanitario vislumbraba retazos de su vida: el viejo hospicio en el que se crió, su primer juguete y su primer amor; su primer robo y su primer odio; su primer poema y su primer sueño; su primera puñalada y su primera hombría; su primera sonrisa y su primera lágrima; su primer reformatorio y su definitiva prisión. Decía que, cuando se apagaban las luces, el cigarrillo caía al suelo, donde, con lentitud, se apagaba en la negrura de la noche.

Si, Teresa estaba muy triste sin su marido, tanto como yo cuando me ahogaba porque el aire no llegaba a mis pulmones.

Los días que la enfermedad no permitía que traspasara el umbral de la puerta, los pasaba entre las sábanas. La fiebre me mantenía adormecida constantemente, y, entonces, los sueños llenaban el espacio de “Trapito” y Teresa. Había uno que se producía muy a menudo, y era muy corto. Yo aparecía agonizante encima de mi cama, inhalando aire entrecortadamente, cuando, de repente, vomitaba una masa redonda de color verdoso. Pocas horas después, sanaba y caminaba kilómetros y kilómetros sin apreciar cansancio alguno en mis músculos.

Muchas veces, estas placenteras quimeras se rompían bruscamente en el instante en que mi pecho subía y bajaba agitadamente, y mis manos buscaban el aire que contenía la botella de oxígeno.

Poco a poco fui empeorando. Fue muy triste cuando papa y mama, por consejo del médico, decidieron el traslado de toda la familia a un lugar más seco para que yo pudiera sobrevivir. Vendieron todo, incluso el pequeño barquito que heredamos del abuelo, y nos asentamos aquí, en este melancólico valle, desde donde no puedo visitar a “Trapito” ni a Teresa, ni admirar el relajante ir y venir de las olas sentada en una hamaca.

jueves, 3 de febrero de 2011

¡SEXO Y HUMOR ENCAMADOS!

Alacena de las Monjas
http://www.tusquetseditores.com/fotos/portadas/978-84-8310-377-7_big.JPG!No vuelvo a ir con mi madre a un hospital! Después de días y días insistiendo para que la acompañara a visitar a una amiga suya al sanatorio, accedí. O lo hacía, o mi progenitora era capaz de despertarme de madrugada para, bajo el shock de la somnolencia, obtener una promesa de acompañamiento. Así qué, en pos de mi merecido descanso nocturno, dije sí a su petición. Ni que decir tiene que no soy asidua voluntaria de estos centros, y que alguna vez mi médico me ha amenazado con un edicto judicial de búsqueda y captura -mía, se entiende-, para que no pase a engrosar, con una cruz más, el campo santo, que dicen que se perdería, con ello, un ejemplar único para el estudio. No es que les preocupe mi persona, sino que me muera sin haber descifrado mis rarezas, que ellos califican, suavemente, "como genes imposibles de codificar". O, como le gusta definirme a alguien que me quiere mucho: "genética desquiciante".  Dicen los sabios doctores que si consiguen algo conmigo, tienen garantizado el premio Nobel de Medicina.

Cuando íbamos a traspasar la puerta de entrada al recinto sanitario, mi madre asió el asa del enorme bolso que porto para estas ocasiones, y preguntó, toda inquieta:

-         ¿Qué llevas ahí?
-         !Qué voy a llevar -contesto-, pues unos libros para que se entretenga!
_   ¿No se te ocurrirá llevar los libros esos que tú sueles entregar a los pacientes? !Mira qué esta mujer es muy seria, y bastantes disgustos me has dado ya con estos temas!
-         Mamá -articulo yo-, ¿cómo puedes pensar que tengo tan poco sentido común como para llevar ese material a una conocida tuya y casi desconocida mía? ¿Cómo puedes pensar esas cosas?

!Pero lo llevaba! Después de los saludos de rigor, mi madre le entregó los recurrentes pasteles y flores, y la que esto escribe, !tres ejemplares de La Sonrisa Vertical! Digo yo qué mejor que palmarla de un atracón de dulces si te han operado del estómago, o asfixiarte con el polen de las plantas si a éstas manifiestas alergia, es que cuando te sajen, recosan o revisen, puedas regocijarte con pensamientos gloriosos y sublimes, como son, sin duda alguna, !el sexo y el humor encamados!

He de reconocer que en varios centros hospitalarios me encuentro registrada en la lista negra de visitantes. Y todo porque cuando iba a reconfortar a alguien, me esperaban bastantes pacientes de la planta en el pasillo. !No es que me quisieran mucho, no, es qué sabían que tipo de literatura suministraba!

A lo que iba, que ya me he desviado. Después de diez minutos en la habitación, ya me estaban entrando ganas de salir corriendo, así que, muy educadamente, eso sí, manifesté que iba a tomar un café. Salí y, !destino éste!, tropecé con una conocida que también iba de visita. Nos aposentamos en el mejor lugar de todo el recinto: !la cafetería!

Transcurridas casi dos horas, mi madre comenzó a padecer por mi ausencia, y salió al corredor central a ver si me divisaba. Como después de otear por aquí y por allí no me vislumbraba, decidió -!y vaya decisión!-, dirigirse a información para solicitar mi búsqueda -lo de captura ya no lo dijo, pero seguro que le pasó por la mente- Allí se produjo la siguiente conversación:

-         Madre: "!Ay, que algo le ha pasado a mi niña, que hace dos horas que no la veo!"

-         El guardia jurado: "A ver, señora, tranquilícese usted, que seguro que la encontramos. Dígame, ¿cómo va vestida su niña?"

-         Madre: "Lleva unos pantalones amarillos con cuadritos rojos y verdes, una camisa blanca y el pelo corto".

-         El guardia jurado: "¿Y cuánto mide su niña?"

-    Madre: "!Ay, pues no sé, nunca la he medido!"

-         El guardia jurado: "Imagino que sí recordará la edad de la pequeña"

-         Mi madre: "!Claro que lo recuerdo: 38 años!"

No voy a narrar aquí el regocijo que se produjo en la cola de información, ni, por supuesto, los comentarios que tuve que soportar cuando aparecí por allí. !Vamos, que no vuelvo más a un centro hospitalario con mi madre!

Otro día contaré lo de mi hermano, al que dejé olvidado una tarde en un probador de El Corte Inglés. Desde entonces, !me tiene un desamor qué para que contar!

miércoles, 2 de febrero de 2011

El cacharro de ascensor



La señora Revolver, volvía, como cada mañana del mercado. Venía pensando que limpiar el pescado era siempre entretenido. Un día se encontró dentro de un calamar, una gamba enterita. ¡Qué sorpresa se llevo! Se le dibujó una sonrisa en el rostro al recordar aquel día, cuando encontró la gamba enterita, y claro, la empleo en el caldo empanado que estaba preparando. No está nunca la cosa para desperdiciar nada. Sonreía con la cabeza agachada, para no ser descubierta por algún vecino o vecina, que le preguntara el motivo de aquella alegría –la gente quiere siempre saber lo que no le importa ni lo más minimo-.
Esperando el ascensor, entraron en el portal tres personas que no conocía. Claro que, en el edificio de la señora Revolver habían varias oficinas, consultas, gestorías, y negocios así. No era nada raro encontrar gente nueva. Estaba acostumbrada a encontrar gente de todo tipo y con cualquier pinta imaginable, desde gente vestida con un gusto exquisito (esos irían al médico), a personas con chándal, vaqueros rotos, etc.
Entró otro más en el portal, justo cuando iba a cerrarse la puerta, y en un ágil salto, consiguió llegar a tiempo de pillar el ascensor. La verdad, eran 20 plantas, y el ascensor, del renacimiento, vamos, que merecía la pena aligerar el paso y no tener que esperar tanto tiempo a que volviera a bajar.
La señora Revolver vivía en el ático, así que se acomodo al fondo, en una esquina, mirándose las uñas de los pies, y reconoció que, efectivamente, el color azul ducados, le quedaba coqueto del todo. Cuando levanto la vista de sus pies lo vio, él estaba mirando también sus pies, atentamente, igual que lo había estado haciendo ella un segundo antes. Se sintió un poco rara, pero le halagaba también que se fijaran en sus pies tan monísimos.
Pasaron dos paradas y la gente bajo, solamente ella y el señor que le miraba todavía fijamente los dedos de los pies quedaron en el ascensor.
Él alzo la mirada y se encontró con los ojos de ella, que le miraba asombrada por el entusiasmo que mostraba en sus pies. Él esbozó una sonrisa y le dijo:
Hola, me llamo Pistola, y voy a la planta 15. He comprado el piso que quedo vacio, y seremos vecinos, según veo.
Sí, respondió ella, rompiendo en una carcajada que apenas podía contener.
¿Qué ocurre?, pregunto él sorprendido por la enorme carcajada
Ella, para evitar explicaciones que eran evidentes, extendió su mano hacia él y le dijo:
Hola, me llamo Revolver. Entonces él, con los ojos iluminados por la risa que le iba viniendo sin poderlo remediar, estrecho su mano, y rompió a carcajadas con ella.
Solo fueron dos minutos, pero para ellos habían sido horas y horas de risa.
No podían dejar de reír, con los ojos llenos de lagrimas, y no precisamente de tristeza, sino de pura risa, se miraban y con la complicidad que a veces ocurre entre dos personas, reían y reían con verdadero placer.
A penas si podían dejar de reír, él, le ofreció un kleenex y ella, aún muerta de la risa, se limpio la cara mojada. Con un gran esfuerzo por parte de los dos, dejaron de reír. Él se acerco a ella para limpiarle los restos que aún tenia , y aprovecho para susurrarle al oído que le gustaban mucho sus pies, sus dedos, el color de sus uñas…
Ella lo escuchaba sin apuro, como si la risa los hubiera hecho amigos de repente. Él le decía que le acariciaría los pies, que sentía una atracción muy fuerte por los pies, y más aún, tan bonitos como los suyos. Le decía que hasta los besaría con placer si ella le diera permiso, y ella le ofreció un pie, subiéndolo a la altura de sus manos, para que lo pudiera tocar.
Él quedo como abducido al tener el objeto de su deseo tan cerca, y ella, mirando el marcador del ascensor, pensó que aún tenían tiempo, con ese trasto de aparato, de comenzar una concienzuda batalla entre el revolver y la pistola. ¡Ya puestos…no hay desperdiciar nunca nada!

martes, 18 de enero de 2011

INSTINTO MATERNAL

Un día mi hijo de tres años me preguntó: -Mama, ¿por qué tú no tienes pilila? -Pues porque yo soy una niña. Soltó una carcajada y me dijo: Tú no eres una niña, tú eres una mama.

Nunca he tenido instinto maternal, nunca me gustó jugar con muñecas de pequeña, prefería ser la morena de los Ángeles de Charlie o una de las chicas de Comando G.

Luego ya, de mayor, cuando veía a una pareja con un par de chiquillos por la calle, uno en bicicleta y el otro en el carrito berreando por un chupachups, por poner un ejemplo, me daban pena. Me parecían el paradigma de la resignación, del “paestohemosquedao”, la más incomprensible y absurda forma de perder los mejores años de tu vida: criando cuervos.

Pero las cosas cambian, un día conoces a un semental que te da veinte razones para no casarse y nunca jamás tener hijos en la primera cita, te pones de acuerdo con él en todo y a los dos años estás casada y jugando a la ruleta rusa con tu ciclo menstrual.


Entonces pasa. Unos días de retraso, quizás estés embarazada. Un predictor. Mi prima es enfermera, seguro que tiene alguno en casa.

        • Dos rayas azules, bueno, no, una más oscura que otra.

        • A ver. - Mi prima con cara de experta se pone las gafas: - Huy, esto es un preñao que te cagas. (preñao que te cagas debe de ser el término científico que usan en el hospital para decirle a una señora que está esperando un bebé)

        • ¿Seguro?

        • Ya te digo.

Habrá que comentárselo al padre, no para que pueda ya hacer nada, pero al menos que sepa que va a tener que mantener a alguien durante los próximos años y a su hijo, claro. Cuando se lo dije, se me quedó mirando con los ojos muy abiertos y me dijo: ¡Qué hemos hecho!


Estar embarazada es , más o menos desde el tercer mes, como haberse comido un borrego. Estás todo el día controlando el tabaco y los almax. Tienes un sueño tremendo y en las siestas sueñas cosas como que tu hijo nace sin brazos y de repente se convierte en perro y os tenéis que ir a vivir a una choza del África subsahariana para que nadie le tire piedras porque tiene la cara de Álvarez Cascos. Otras veces sueñas que tienes un bebé precioso pero que se transforma en un alienígena que te come las entrañas.

No voy a comentar lo de las clases de preparación al parto por no herir susceptibilidades. Sólo diré que son peor que una secta, qué digo una secta, son peor que los creacionistas, qué digo los creacionistas, son más peligrosos que Sara Palin escuchando a Wagner. ¿Parto natural? ¿Que tener un hijo es algo natural? ¿Sin anestesia?¿Desde cuándo, si puede saberse, lo natural es lo más saludable? ¡Lo natural es morirse!. ( He dicho que no iba a comentar nada).


Por resumir, te pasas 9 meses intentando esquivar a tus amigas por la calle, sobre todo a esas que te dan besos en la barriga y dicen ¡qué alegría más grande!, con los ojos llenos de lágrimas. Tú sólo quieres poder volver a moverte con dignidad fuera del agua.


Parecía que iba a nacer el niño, fuimos al hospital y a los tres días llegó al mundo algo parecido a un bebé, a decir verdad parecía un bebé si no fuera porque tenía la cara de Jordi Pujol, cosa que extrañó a todo el mundo ya que no éramos ni familia lejana. Toda la familia estaba emocionada, el primer nieto. Mi padre lo observó unos instantes y con mucho convencimiento manifestó a la concurrencia: No os preocupéis, a éste no nos lo quitan.

De lo que más me acuerdo es de la primera noche, aquella cunita transparente que pusieron al lado de la cama, mi marío roncando plácidamente en el lecho del acompañante, el niño con los ojos cerrados , no los había podido abrir aún, por lo hinchados que los tenía. Yo lo contemplaba con más curiosidad que afecto, qué raro, qué cosas tiene la vida, hay que ver, lo que somos, que nos creemos algo... y, de repente, esa criatura me estaba mirando ( Ya sé que los neonatos no ven nada, pero me miraba, os lo juro). Ahí estuvimos un buen rato sin quitarnos la vista de encima. Nos acabábamos de conocer y yo dejé de ser una niña a los treinta y dos años.




jueves, 13 de enero de 2011

LOS TRES JINETES






Anoche llamaron a la puerta, vaya por Dios. Seguro que no es una tía buena, me dije. Dejé el Play Boy sobre la mesilla, con el resto de pornografía barata que colma mis días. Me levanté con pocas ganas, fui rascándome la entrepierna, hurgándome la nariz, escupiendo en el suelo, tropezando con una lata de cerveza vacía, eructando, manejando con pericia un mondadientes entre mis piños cariados. Con mi peculiar andar chulesco de vaquero me llegue hasta la entrada.

Todo eso en los escasos dos metros que hay desde mi cama a la puerta.
Si es que soy un figura, coño.

Abrí de mala hostia, y me encontré de repente con tres jinetes del Apocalipsis: Muerte, Peste y Hambre.

¿Y Guerra? Inquirí.

"Le preguntamos a un vecino por tu casa. Creyó que éramos amigos tuyos y le descerrajó un tiro de escopeta. Dice tu vecino que te va a matar", contesto Hambre.

Sí, ya, es un capullo, le tire los tejos a su mujer. Dije escupiendo de nuevo. El salivazo cayó entre los huesos del pie de Muerte.

Bueno, ¿qué coño queréis a estas horas?, les pregunte.

"Estamos asolando el mundo, y hemos pasado por aquí porque eres un ser detestable", dijo Hambre.

“Aborrecible”, apostilló Peste.

“Abominable”, añadió Muerte.

Cojonudo, pasad, invité.

Cuando cruzaron el umbral el primero en salir corriendo a vomitar fue Peste.

"Es insoportable, que hedor a madriguera de bestia azmilclera".

Peste era un remilgado de mierda, el muy nena no toleraba el aroma a macho cabrío de mi morada.

No es para tanto, dije yo, mirando los rostros lívidos de los jinetes.

Cuando Muerte entró, mi perro despertó de su sueño de veintitrés horas diarias. Con ademanes de bicho hambriento se puso a olfatear sus tibias. Antes de que la dama anoréxica pudiese darse cuenta, el muy cabrón le había hurtado un hermoso fémur y ya corría a roerlo con tranquilidad en el montón más mullido de desperdicios del salón.

Muerte se desmorono con un ruido de tablones entrechocando.

Otro montón basura.

Sin embargo, quizá lo más curioso fue cuando Hambre abrió el refrigerador. Después de ver las telarañas frías de mi nevera, me pasó disimuladamente un brick de leche y un cartón de huevos.


Miquel Silvestre - (Cuentoyporquetanto)



miércoles, 12 de enero de 2011

UN INCIDENTE

Estaba yo en mi habitación de hacer ver que estudio, leyendo tranquilamente una cosa muy divertida que escribió Sigmund Freud: El malestar en la cultura. Así de entrada puede parecer un tostón pero cuanto te cuenta que nuestras facultades de felicidad están ya limitadas en principio por nuestra propia constitución, y que el sufrimiento nos amenaza por tres lados: desde el cuerpo, condenado a la decadencia y al dolor; del mundo exterior, capaz de encarnizarse en nosotros como fuerzas implacables; y de las relaciones con los otros seres humanos... Freud resuelve que el peso de la vida nos obliga a tres posibles soluciones: distraernos en alguna actividad, buscar satisfacciones sustitutivas (no sé qué quiere decir con lo de sustitutivas ni sustitutivas de qué, aunque pone como ejemplo el arte) o bien, narcotizarnos. En fin, que te dan ganas de hacer lo último directamente y acabar con esto de una vez.
Pues así de enfrascada estaba yo cuando veo pasar por el pasillo a mi marío con muchas prisas. No hice caso y seguí buscando en el texto un atisbo de esperanza. Le oía abrir y cerrar los armarios de la cocina, la despensa, el mueble del baño, entró en mi habitación de hacer ver que estudio mirando los estantes, salía despavorido….
Al final, por mucho que una se quiera hacer la tonta y como que la cosa no va contigo, pues te pica la curiosidad y así como de mala gana, después de un cuarto de hora de morderme la lengua hice la pregunta: ¿qué buscas?
Mi marío se asomó al quicio de la puerta con los ojos de misterio y el alma llena de pena: ¿dónde está el insecticida? (es que mi marío es muy fino y dice insecticida, en mi casa le hemos llamado “el flis” toda la vida).
Al principio me mostré molesta por la interrupción, pero fue algo momentáneo, porque pronto caí en lo que significaba que mi marío estuviera buscando el flis. Se me aceleró el corazón de repente me levanté, me puse más seria de lo que me había dejado Freud, me quité las gafas y miré a mi marido con horror, saqué fuerzas de flaqueza :
-¿Para qué lo quieres?
-Para echárselo a la ensalada, ¿para qué lo voy a querer? He visto algo en el vestidor que no me ha gustado nada. (hablaba como un cirujano observando un escáner cerebral)
- Pero… ¿qué has visto? ( yo estaba ya para darme algo)
- Es mejor que no lo sepas.

Fui a la cocina, abrí el armario del fregadero, cogí el bote de “flis” y se lo entregué a mi marido compungida, como si le estuviera entregando una smith & wesson para que matara un cervatillo herido.

Lo que había en el vestidor creo que era una cucaracha del tamaño del cañón del colorado, pero no he vuelto a preguntar. Mi marío se deshizo de ella y yo me tumbé en el sofá hasta que se me pasó el susto.
Menos mal que había un hombre en casa.

martes, 11 de enero de 2011

LA MEDALLA

A mi niño le han dado una medalla.
Resulta que mi suegro lo apuntó a un curso de natación, porque, según él, el niño tenía que aprender a nadar, porque todos los nietos de tres años de sus amigos pijos del “club” ya sabían nadar y el suyo no iba a ser menos. Así que, allí estábamos, mi marío y yo a las seis de la tarde para que el niño fuera con “el señor” a aprender a no ahogarse. Durante tres semanas el mismo cuento: el niño, por el desbarajuste del horario estival se despertaba de la siesta a las cinco con muy mala leche, había que ponerle el bañador, las chanclas y la camiseta a la fuerza, mientras gritaba ¡noooo, a la piscina con el señor nooooooo!
Una vez lo teníamos vestido, lo metíamos en el coche, y cuando conseguíamos atarlo a la silla, cerrábamos la puerta con el seguro para que no la abriera y se nos cayera en la carretera. El trayecto duraba veinte minutos hasta llegar al “club” y la mayor parte de ellos se oía:¡ noooooo, con el señor nooooooo! Con ese panorama mi marío se iba calentando (quiero decir que se enfadaba como una mona) y llegaba con un ataque de ansiedad a la piscina. Es que mi marío no es el Santo Job, qué le vamos a hacer.
Cuando llegaba “el señor” a la piscina, mi niño iba corriendo a darle un afectuoso saludo y un beso y lo miraba como diciendo : aquí estoy, para lo que convenga.
Yo me daba un chapuzón para olvidarme de la última hora y media y para no pensar que he parido un déspota desquiciado. Mi marío se sentaba en nuestra silla plegable a hacer sudokus de esos que sólo te dan en el recuadro la suma de dos números y allá te las apañes.

Tres semanas, tres. Todos los días lo mismo.
Y por fin, la recompensa.
El último día hicieron una exhibición. Los más pequeños se pasaron nadando una piscina olímpica sin manguitos ni nada. Y los mayores ya era perfeccionamiento de estilo y tal. Todos los padres y madres, incluyendo a mi marío, con sendas cámaras de video y fotografía digital para inmortalizar tan ansiado momento.
La entrega de diplomas y medallas, con los cámaras a la derecha, los niños a la izquierda, parecía la entrega de los premios Príncipe de Asturias, solo que iban todos en bañador.
Y ahí está mi niño retratado, todo un campeón, con los ojos medio cerrados por el sol, con la medalla colocada y el diploma boca abajo… para comérselo.
Y mi suegro dice que el año que viene lo apunta otra vez, para que no se le olvide lo de no ahogarse.

ESTATURAS


Yo soy bajita para mi edad, un metro sesenta apuradillo. Pero en las ocasiones que me he encontrado alguna persona más bajita para su edad que yo, tampoco ha sido como para tirar cohetes, vamos, que no me he sentido superior ni nada de eso, así que, no entiendo el porqué de tan mala leche en los chinorris.

Todos los grandes cabronazos de la historia, no digo que no haya excepciones, han sido de corta estatura: Franco, Hitler, Napoleón (éste por lo menos tenía frases de antología, como por ejemplo aquella de: “mil años de antigüedad nos contemplan”, que me imagino yo a los soldados mirándose unos a otros pensando, ¿qué dice este tío?)…

Cuando yo iba a 4º de EGB teníamos de maestra a la Señorita Juncosa, eran tan bajita para su edad que algunas de mi clase ya le pasaban un palmo, pero ella no tenía complejo ninguno.
Siempre contaba cómo una compañera suya de cuando estudiaba, al pasar por su lado se ponía la mano a la altura del pecho como queriendo señalar por dónde le llegaba la seño, y ella, con toda la dignidad del mundo le dijo una vez: “serás una mujer grande, pero nunca una gran mujer”. La alta, avergonzada de su comportamiento, nunca más volvió a hacer la gracia y a partir de ese día le tuvo un grandísimo respeto, según la seño (a saber el cachondeo que tendrían por lo bajini).
Nosotras aplaudíamos la anécdota y nos maravillábamos del temperamento y buen carácter de la seño (a la sexta vez que lo contó ya la ovación era más apagada, pero el papelón lo hacíamos igual, con tal de que no explicara matemáticas)
Es que para las matemáticas había que esforzarse mucho. La pizarra solía tener errores garrafales, tanto que a veces nos dábamos cuenta y le decíamos: Seño, ¿eso no está mal? Y ella hacía como que repasaba y decía: efectivamente, está mal, lo hago a propósito para ver si estáis atentas.

La señorita Juncosa era mucho de contar vidas ejemplares. Recuerdo la vida de una niña que su padre tenía muchas gasolineras y mucho dinero. Pues la niña, aunque era rica, trabajaba un montón a nuestra edad: se incorporaba muy temprano y lo primero que hacía era hacerse la cama (los pitagóricos también hacían eso, en cuantito se levantaban borraban el rastro de su presencia entre las sábanas), bueno, pues primero se hacía la cama, luego limpiaba todos los zapatos de toda la familia y los dejaba impecables, después preparaba el desayuno para sus hermanos pequeños, desayunaba, se preparaba el almuerzo y se iba al colegio andando, por que no la iban a llevar en coche, pudiendo ir a pie.
Ella nos contaba esas cosas para que tomáramos ejemplo de lo que debía ser una niña como Dios manda.

Qué cosas…

ATEA

Recuerdo ahora aquel pasillo con una mezcla de nostalgia y alivio. Había un banquito al lado del despacho de la madre superiora, donde yo esperaba mirándome los zapatos, revisando que no tuvieran polvo. Acababa de salir una niña de tercero , con un chicle pegado en la nariz, a la pobre le esperaba ahora la humillación de ir de clase en clase diciendo algo así como: Hola, soy fulanita de tal, y me han castigado por comer chicle.

Al cabo de diez minutos, se abrió la puerta y yo me levanté de un salto, la madre Rosario me miró de arriba a abajo , muy seria, y dijo : pasa, anda, pasa.

La madre superiora estaba sentada en la mesa, mirando papeles, tenía las manos más bonitas que he visto en mi vida, blancas , con los dedos largos, las uñas impecables, muy cortas. Siempre me pregunté cómo había podido hacerse monja una mujer tan guapa.
En esas estaba yo , cuando rompió el silencio con su voz autoritaria:
- Déjanos, Rosario, por favor.
La otra se fue de mala gana, se perdía una bronca.
- Bueno Matilde, lamento verte otra vez aquí.

Yo bajé la cabeza, no sabía qué contestar, aunque mejor que no contestara nada, mejor callarse, pensé, así acabamos antes.

- Por lo visto, has tenido otro enfrentamiento con Raquelita Lorenzo. Te recuerdo que la última vez vinieron sus padres a quejarse.
- Si, madre.
- ¿Eso es todo lo que se te ocurre? Mira, hija, tu padre hace un gran esfuerzo para tenerte en este colegio, eres interna, y deberías ser más humilde, no hay nada malo en la pobreza, no es una deshonra, acuérdate de Nuestro Señor , no deberías tener en cuenta las palabras de Raquelita al respecto.
- Si, madre.
- ¿Has vuelto a pintarte los ojos?
- No, madre, los tengo así.
- Pues ponte aceite en las pestañas, las tienes demasiado rizadas, y eso es signo de coquetería, y haz el favor de recogerte ese pelo en una coleta, deberías tomar ejemplo de la Virgen María, de su sencillez. A Dios no le gustan las mujeres vanidosas, es algo que tienes que corregir, Matilde, si quieres seguir el camino de nuestra orden.
- Pero yo no sé si quiero ser monja, madre.
- Aún eres muy joven, el Señor te llamará cuando estés preparada, y mi obligación es orientarte .
- Ya, madre pero es que yo..
- Hija, tú no entiendes todavía de lo que te hablo. Entregar la vida al Señor y ser su esposa es algo maravilloso reservado para unas cuantas privilegiadas, deberías estar orgullosa.

Sí, claro, pensé yo, como si estuviera yo ahora caída de un guindo. Atea, yo me hago atea. Os vais a enterar cuando salga yo de aquí, voy a servir a quien yo os diga, locas, que estáis todas locas…

La madre superiora, cruzó las manos encima de la mesa y me miró como si adivinara lo que yo estaba pensando, yo bajé la vista, por si acaso.
- Ah, y otra cosa te voy a decir: A partir de ahora las clases de piano te las va a dar la madre Consolación.
- Pero, madre!! Por qué?
- Por que el Don Miguel deja este colegio a partir de hoy mismo. Y no me hagas hablar, que ya sabes tú muy bien el porqué.

Atea, yo me hago atea.

Y LOS DIOSES PUSIERON NOMBRES A LAS COSAS

Se quedó extasiado mirándolo. Su atractivo color rosáceo y turgente pero muy suave piel lo cautivaron. Nunca había visto algo tan bello ni tan apetecible.
¿Te gusta Alba? –Preguntó.
Es precioso. ¿Puedo morderlo?
-Claro, pero no aprietes que puede doler.
-No te preocupes.
Y Alba hincó sus dientes y el néctar le llenó la boca.
Pues tenemos que ponerle un nombre Alba. ¿Qué se te ocurre Coque? Soy muy mala para la gramática.
Vamos a ver. –Intervino Coque. ¿Está rico? Y ella dijo que riquísimo.
Entonces está muy claro lo llamaremos albaricoque.

miércoles, 29 de diciembre de 2010

AMIGO DARTH III



Querido Darth, aquí estoy de nuevo. No te preocupes, que no te voy a dejar tirado, seguiré desgranado mis sabios consejos sobre cómo conseguir que las mujeres no te consideren como a un amigo hasta que consigas tus objetivos. Descuida, a mí me han ido cojonudamente.

Ahora que he acabado con la colada, que he sacado brillo a todos y cada uno de los muebles y electrodomésticos tan bien elegidos por mi sensible costilla, y cuyas letras seguirán pagando mis descendientes, ahora que he jugado las tres horas reglamentarias con mis vástagos, para conjurar el complejo de culpa de padre moderno, ocupado y egoísta. Ahora, amigo, puedo seguir adoctrinándote.

Tú sabes de mecánica y de coches, y ella no. Así de simple. Aunque ella sea ingeniero, no sabe. Así que tienes que conducir su coche, y ya sabes cómo. Sí, así, con brío, con energía. Eso es, mete la segunda a capón y písale.

¡Písale, coño!

Ahora sí que anda este cacharro. Apura la marcha, hasta que ese motorcillo afeminado pida clemencia. Cuando parezca que algo va estallar, entonces, y sólo entonces, mete tercera. Y ahora písale más.

Eso, qué piten, que el semáforo estaba en ámbar, que lo has visto.

Cuidado con la vieja. Frena con ganas, que chillen las gomas dejando tu rubrica negra en el asfalto.

Llegado este momento, seguramente ella hará algún comentario ligeramente recriminatorio. Tú ya sabes. Alguna de esas puntadas inocentes, pero que pican como un pellizco. Entonces tú paras, té bajas muy digno, y le dices que conduzca ella.

Es aquí, mi querido amigo, cuando empieza lo más difícil. Tienes que apostrofar, glosar y apostillar cada uno de sus movimientos y maniobras. "A la derecha", "mete tercera", "No, no pongas el intermitente, que eso son mariconadas", "para", "arranca", "Le vas a dar, le vas a dar", "le diste, ya te lo decía yo".

Es agotador, lo sé. Pero nadie dijo que esto fuera fácil. Tu tienes que seguir y hacer caso omiso de su mala cara primero, de sus quejas, después, y de sus gritos coléricos, por ultimo.

Al final te dirá que lo lleves tu. Y entonces ya sabes cómo, con energía, como un tío, a lo bruto.

A disfrutar conduciendo.



Bueno, Darth, te dejo, tengo que ir al hiper a comprar, otro día sigo. Mañana quizás no pueda, es domingo, me tendré que poner el chándal e ir a lavar el coche. El bueno, el de ella.

Un saludo.


Miquel Silvestre - Palabras Malditas.net

martes, 28 de diciembre de 2010

TENÍA QUE SER ANDALUZA LA TÍA

Llovía tela esa noche sobre la tienda de campaña instalada frente al Ministerio de Agricultura y Pesca, todos los recortes de prensa que uno a uno habíamos recortado de los periodistas aburridos que habían pasado por allí, se estaban mojando o despegando, casi no pasaban coches y el suelo de la tienda no era tan aislante como rezaba en la bolsa de Makro.

LLevaban allí más de tres meses. Y todo por aquella absurda prohibición de la Ministra Rosa Aguilar. Tenía que ser andaluza la tía. Bien que nos había jodido estableciendo una veda de la caballa.

Se puso el chubasquero y salió reptando. Lo cierto es que de no ser por lo desagradable de la razón que allí Los tenía, en otras circunstancias hubiera dicho que se estaba bien. En Madrid no llueve como en Andalucía, que lo hace de forma tormentosa y con mucho viento, en la capital llueve pero de forma moderada

De repente, le sorprendió que alguién corría atravesando la avenida, corría a saltos y le pareció que venía vestido de rojo. Sí, vestía de rojo y traía un gorro también rojo con una bola blanca, el pobre venía mojado completamente y se dirigía a él.

-Coño. Dijo Ripley.
-¿Son ustedes los marineros que protestan por la veda de la caballa?
-Sí señor, somos nosotros.
-Menos mal que por fin los encuentro, soy San Nicolás y vengo de las lejanas nieves.
-¡Anda ya con el rollo primo! Dijo Rafael. Y se metió de nuevo en la tienda de campaña.

Rafael no daba crédito a lo sucedido y un compañero le preguntó: -¿Qué te pasa Rafael que has entrado con una mala cara del carajo?
-¿Qué me pasa, qué me pasa? La ministra, esa hija de puta que ha mandado al empleado de El Corte Inglés para convecernos que levantemos la huelga, eso es lo que me pasa.

REYES MAGOS




REYES MAGOS

"A la memoria de Antonio, que hizo que
creyera, en las noches de lluvia, en los
Reyes Magos. Y que aún siga, hoy,  mirando al cielo"

CAMINO DEL HOSPITAL

I

Llovía torrencialmente. El coche se bamboleaba de un lado a otro, sorteando los baches  de una carretera comarcal aún sin asfaltar. Oscurecía poco a poco. El conductor maldijo esa noche de perros que sin piedad iba sumiendo a la carreterucha en charcos de barrizal.

El coche era muy viejo. La espuma de los asientos asomaba por las rajas del cuero que lo revestía. Las ventanas hacía años que no se bajaban. Estaban rotas. Techo y puertas aparecían con oxido amamantado por el frío y la humedad durante muchos inviernos. Ya no recordaba, siquiera, cuantos. El motor semejaba el sonido de una voz ronca y ajada, de fumador agonizante que cada amanecer emitía el penúltimo estertor cuando tosía. Algún día sería el último.

Miró por el espejo retrovisor. Ojalá también estuviese destrozado,  como todo lo demás. Pero no, allí permanecía incólume, inalterable, como fiel apuntador de una escena en la que no existían actores. Maniobró torpemente con su mano derecha y el espejuelo comenzó a desgranar ante sus ojos el granizo que golpeaba, airado y virulento, la chatarra en que se había convertido el viejo taxi. Ya no sentía más que la respiración de las tres personas que ocupaban el asiento trasero. No veía,  por fin, sus súplicas.

UNAS HORAS ANTES

II

Había decidido que esa  tarde, día de Reyes, no saldría de casa. El taxi lo aparcaría en el almacén de fruta que, ocasionalmente,  utilizaba como garaje. Cuando pasó por delante de la casa de Antonio, vio a su sobrina correteando en la puerta. Era extraño, la niña muy pocas veces jugaba en la calle. Los pantalones de lana y botas  katiuskas, el abrigo con el cuello subido y apresado por una bufanda de mil destellos, el sombrero de lana y los guantes, dejaban ver sólo una figura pequeña, muy pequeña. Pero sobre el color rojo del gabán, conmovía una mirada cálida, suave, sosegada. Recordó a la madre de la criatura.  Había heredado sus ojos.

LA CAÍDA

III

Subió a su casa y abrió la ventana del salón, ese que daba al lejío. Debía de haber limpiado el coche antes de encerrarlo. Pero, ¿para qué? Era innecesario. No se puede quitar nada de lo que ha prendido en la piel de un cuerpo o en el esqueleto de un cacharro. Sería malgastar el tiempo. Escudriñó la tarde y observó como preparaban, en el prado de José Cazorla, las carrozas que recorrerían las callejuelas  del pueblo con falsos Reyes Magos. Le hastiaba tanta mentira basada en leyendas arcaicas. No se quedaría allí para soportarlo. Llamaría a Soledad y sortearía con ella la noche. Sí, es lo que haría. Cerró despacio la ventana y encendió la chimenea.

¡MALDITA NIÑA!

III

Dormitaba cuando escuchó la aldaba del portalón de la entrada. La hermana de Antonio la golpeaba con desuello. En sus brazos acurrucaba a la niña. Se había caído y su pierna izquierda iba quebrada en mil pedazos. En ese pueblucho no existía más que un transporte público, el suyo, por lo que estaba obligado a trasladarla al hospital más cercano, a setenta kilómetros, en una noche propia de los infiernos. La niña lloraba sin voz, solo con lágrimas y la mirada. Y así fue todo el trayecto hasta llegar al centro médico. Ni un leve quejido. ¡Maldita niña! Él hubiera gritado.

ANTONIO

IV

La mañana transcurrió con la misma dureza de siempre. La cantera no da tregua ni un instante,  ni tan siquiera en la noche de los sueños. Pero pudo comprar los regalos de Reyes para su sobrina, y sólo faltaba envolverlos. Preguntó por la chiquilla después de traspasar el umbral de la casa. Cuando le dijeron que iba camino del hospital, su rostro se endureció y golpeó los barrotes de hierro con los nudillos agrietados. ¿Cuántas veces más tendría que visitarla allí? Mientras retiraba la sangre de sus dedos con un pañuelo, contempló como los críos chapoteaban sobre los charcos y, de vez en cuando, paraban para tocar la zambomba con un ruido propio de mil demonios. Eran las seis de la tarde y seguía lloviendo torrencialmente.



Tenía diecisiete años y utilizaba para desplazarse la vieja bicicleta que se compró con su primer sueldo. No necesitaría más que un impermeable para él y otro para cobijar los regalos. Pero el desplazamiento en esa especie de amasijo de hieros era imposible, y únicamente encima de algo con motor podría llegar a tiempo. Recordó a Nemesio y su cochambroso vespino, y se lo pidió prestado. Nemesio le recomendó que no viajase esa noche, porque era cerrada y cruel, y en cualquier recodo podría sorprenderle el fantasma de lo inesperado, el susto de lo desconocido. Antonio lo miró y nada dijo. Se subió el cuello de la chaqueta y levantó el rostro para sentir el golpe seco de la lluvia. Golpeaba fuerte, pero no podía sentir ya más dolor.

Siete de la tarde. Niebla y lluvia. Relámpagos que habían cortado el suministro eléctrico y obligado a prender velas para alumbrar las salas. Las farolas de las calles estaban calladas, inertes, cuando abandonó el pueblo y tomó la carretera embarrada camino del hospital.

EL TAXISTA

A la niña tuvieron que intervenirla urgentemente. Quise marcharme, pero no pude. Los ojos de esa criatura lograron prender en lo poco que me quedaba del alma. Ni siquiera los pechos turgentes y la calidez del vientre de Soledad me arrancaron de la puerta del quirófano. Pasaron tres horas.

Un cigarrillo. Necesitaba fumar un cigarrillo. Se escuchaba un villancico y belenes y bombillas sorteaban los pasillos cuando caminaba hacía la entrada del recinto. No había nadie traspasando la oscuridad de la noche. Vil noche para tantos niños que soñaban con sus Reyes Magos postrados en una cama blanca. Vil noche para todos aquellos que no pusieran a los pies de cada uno de ellos, esa noche, una mano de Rey Mago. Con rabia tiré el cigarrillo a la calle. Levanté la vista y algo me detuvo allí, expectante. Era una tenue luz.

Antonio se acercaba arrastrando una motocicleta. El barro había impregnado hasta su barba y las manos aparecían amoratadas por el frío. Me preguntó por su sobrina y le dije que aún estaba en el quirófano. Le ayudé a bajar los paquetes y me pidió que se los guardara mientras iba al lavabo. Cuándo salió, ni rastro había en parte alguna de su cuerpo que explicara el temporal que había tenido que traspasar para estar allí esa noche.

LA NIÑA

Noche cerrada. La criatura, aún bajo la anestesia, aferraba, con una de sus manos, la de la vieja abuela que estaba a su cabecera. Antonio la miraba y esperaba que abriera los ojos. Taciturno, paseaba por la estancia y recolocaba los juguetes de su sobrina, ahora encima de la mesilla, después a los pies del camastro. Nadie hablaba, ni siquiera se preguntaban que demonios hacía yo allí. Eso, ¿por qué cojones estaba yo allí?

Era de madrugada cuando pudimos volver a contemplar sus hermosos ojos. Miró a su abuela, a su tío, a mí, y finalmente, los regalos depositados sobre la colcha. Cogió y abrió cada uno de ellos y seguía sin sonreír. La niña comenzó a mirar, pensativa, el campo a través del ventanal. Un niño, en muletas, miraba, también, a través de la misma ventana. No tenía regalos depositados sobre su cama.

Fijó sus ojos en su abuela y, por primera vez, sonrío y comenzó a dibujar. Cuándo terminó, le extendió el papel a su tío y sus ojos se llenaron de lágrimas. Eran tres Reyes Magos. Y debajo de uno de ellos había escrito Antonio.

Muchos años después, cuando ya paso mis últimos días sentado en la puerta de mi casa, ella me acompaña alguna tarde de verano y me habla sobre su vida. Y yo la escucho. La última vez me preguntó la razón por la que yo había permanecido junto a ella esa infernal noche de Reyes. Y fui totalmente honesto cuando le contesté: porque tenías los ojos de tu madre y porque sabía que Antonio estaría allí esa noche. Por las dos cosas mereció la pena no besar los pechos de Soledad.



 Alacena de las Monjas



Y AHORA VA LA MINISTRA Y ME LLAMA LADRÓN

Si voy a comprarme una tarrina de DVDs en Aldi que salen más baratitas, necesito antes ducharme bien pa que la gente no me huela a los perros que tengo por la casa, ponerme un par de calcetines gorditos porque soy muy friolero, buscar los jeans más calentitos, los mocasines del Dr. Pitillo que me regaló mi mujer...

Luego tengo que esperar que aparezcan con la furgo, ponerme el anorak Quetchua, heredado pero muy bueno y tirar pa el centro. Una vez que llego a la primera rotonda ya me encuentro el primer atasco. Ya no estoy para atascos que me cabreo mucho. Resisto, soporto la humillación y la gente me mira porque llevo más capas que una cebolla.

Tras dejar a la derecha el hospital recuerdo que no he comprado el periódico, aparco en doble fila, pongo las luces de emergencia (en realidad no deberían llamarse de emergencia sino de me paro un ratito que tengo que comprar algo), abro el periódico. Me encanta abrir el periódico, hojearlo, su olor a tinta y los anuncios que son cada vez más bonitos.

Me la encuentro, una tal Salgado que mira de reojo la tía, asegura que su ley saldrá aunque el mundo entero se oponga.

Leo con atención: "La Ministra Salgado asegura que las descargas de internet son ilegales y quienes la realizan unos ladrones que se están cargando la cultura."

Lo que me faltaba, ahora va la ministra y me llama ladrón.


Jesús María Serrano

BUENAS INTENCIONES



LAS BUENAS INTENCIONES
 Los humanos nacemos con algo que no sabemos exactamente para que vale que se llama “orgullo”.
El Orgullo, nos hace cometer muchas tonterías, nos impide rectificar en nuestros errores, nos hace contumaces en nuestras equivocaciones, y nos lleva a posiciones absurdas.
 Cuando ya nos es imposible mantener nuestra tozudez, y no nos queda mas remedio que rectificar, acudimos a un gran invento, del que la Iglesia Católica ha hecho franquicia, que se llama perdón.
 El perdón es un gran invento, pedir perdón te permite, hacer la peor de la fechorías, calumniar, matar o cometer cualquier maldad, que después pasas el trapito del perdón y todo queda limpio y perdonado, y ¡!ay!! de aquel que no acepte al que pide perdón, pasa de ser victima a verdugo, de perseguido a perseguidor..
 La Navidades, son época propicia para pasar el trapo del perdón, sacamos el perdón y el paño, y en un pis-pas, dejamos nuestra conciencia como los “chorros del oro”
 Yo aunque agnóstico, me apunto a la limpieza navideña, saco mi perdón y pido humildemente disculpas a todos los que he ofendido..
 ¡! Total ¡! Que cuesta ¿?…

miércoles, 15 de diciembre de 2010

BESOS Y CONVERSACIONES

-Tenemos que hablar, me dijo, sin añadir nada más.
No hacía falta, siempre que teníamos que hablar era de lo mismo: de nosotros. O mejor dicho, de mi. Yo, en realidad, hacía tiempo que sabía la verdad: que cuando hay que hablar de nosotros, es que ya no hay nada que decir. Y sin embargo, callaba. O mejor dicho, hablaba. De nosotros. En realidad de mi.
- Tenemos que hablar, añadió.
Lo dijo sin mirarme, entonces comprendí. Hablaríamos de ella. De lo que sentía. O precisando, de lo que no sentía y debería sentir, y también de que no sentía eso que debería sentir precisamente porque yo se lo impedía.
Cuando yo era un buen chico y le hacía sentir las cosas que sí debía, nunca decía tenemos que hablar, simplemente, me besaba.
Ahora, mientras recuerdo al perro de Paulov y sus previsibles secreciones, pienso que era fácil distinguir lo que tocaba en cada momento.
Y es que, en realidad, no era tan difícil convivir con ella: todo se resumía en besos, y conversaciones sobre nosotros.
Tampoco estoy seguro de que las conversaciones prevalecieran sobre los besos. Aunque hoy, contaminado el recuerdo por los sentimientos, pudiera parecérmelo.
Pero seguramente, un observador imparcial, juzgándonos por nuestro reiterados comportamientos, podría afirmar que, sin duda, yo prefería los besos y ella las conversaciones.
Y sin embargo, lo que hablábamos casi siempre trataba de que ella prefería con mucho los besos, pero yo era la causa contumaz de que siempre tuviéramos que hablar de nosotros.

Miquel Silvestre - Dínamo Estrellada (Ediciones Barataria)