jueves, 10 de febrero de 2011
SENDEROS DEL ALMA
jueves, 3 de febrero de 2011
¡SEXO Y HUMOR ENCAMADOS!
miércoles, 2 de febrero de 2011
El cacharro de ascensor
La señora Revolver, volvía, como cada mañana del mercado. Venía pensando que limpiar el pescado era siempre entretenido. Un día se encontró dentro de un calamar, una gamba enterita. ¡Qué sorpresa se llevo! Se le dibujó una sonrisa en el rostro al recordar aquel día, cuando encontró la gamba enterita, y claro, la empleo en el caldo empanado que estaba preparando. No está nunca la cosa para desperdiciar nada. Sonreía con la cabeza agachada, para no ser descubierta por algún vecino o vecina, que le preguntara el motivo de aquella alegría –la gente quiere siempre saber lo que no le importa ni lo más minimo-.
Esperando el ascensor, entraron en el portal tres personas que no conocía. Claro que, en el edificio de la señora Revolver habían varias oficinas, consultas, gestorías, y negocios así. No era nada raro encontrar gente nueva. Estaba acostumbrada a encontrar gente de todo tipo y con cualquier pinta imaginable, desde gente vestida con un gusto exquisito (esos irían al médico), a personas con chándal, vaqueros rotos, etc.
Entró otro más en el portal, justo cuando iba a cerrarse la puerta, y en un ágil salto, consiguió llegar a tiempo de pillar el ascensor. La verdad, eran 20 plantas, y el ascensor, del renacimiento, vamos, que merecía la pena aligerar el paso y no tener que esperar tanto tiempo a que volviera a bajar.
La señora Revolver vivía en el ático, así que se acomodo al fondo, en una esquina, mirándose las uñas de los pies, y reconoció que, efectivamente, el color azul ducados, le quedaba coqueto del todo. Cuando levanto la vista de sus pies lo vio, él estaba mirando también sus pies, atentamente, igual que lo había estado haciendo ella un segundo antes. Se sintió un poco rara, pero le halagaba también que se fijaran en sus pies tan monísimos.
Pasaron dos paradas y la gente bajo, solamente ella y el señor que le miraba todavía fijamente los dedos de los pies quedaron en el ascensor.
Él alzo la mirada y se encontró con los ojos de ella, que le miraba asombrada por el entusiasmo que mostraba en sus pies. Él esbozó una sonrisa y le dijo:
Hola, me llamo Pistola, y voy a la planta 15. He comprado el piso que quedo vacio, y seremos vecinos, según veo.
Sí, respondió ella, rompiendo en una carcajada que apenas podía contener.
¿Qué ocurre?, pregunto él sorprendido por la enorme carcajada
Ella, para evitar explicaciones que eran evidentes, extendió su mano hacia él y le dijo:
Hola, me llamo Revolver. Entonces él, con los ojos iluminados por la risa que le iba viniendo sin poderlo remediar, estrecho su mano, y rompió a carcajadas con ella.
Solo fueron dos minutos, pero para ellos habían sido horas y horas de risa.
No podían dejar de reír, con los ojos llenos de lagrimas, y no precisamente de tristeza, sino de pura risa, se miraban y con la complicidad que a veces ocurre entre dos personas, reían y reían con verdadero placer.
A penas si podían dejar de reír, él, le ofreció un kleenex y ella, aún muerta de la risa, se limpio la cara mojada. Con un gran esfuerzo por parte de los dos, dejaron de reír. Él se acerco a ella para limpiarle los restos que aún tenia , y aprovecho para susurrarle al oído que le gustaban mucho sus pies, sus dedos, el color de sus uñas…
Ella lo escuchaba sin apuro, como si la risa los hubiera hecho amigos de repente. Él le decía que le acariciaría los pies, que sentía una atracción muy fuerte por los pies, y más aún, tan bonitos como los suyos. Le decía que hasta los besaría con placer si ella le diera permiso, y ella le ofreció un pie, subiéndolo a la altura de sus manos, para que lo pudiera tocar.
Él quedo como abducido al tener el objeto de su deseo tan cerca, y ella, mirando el marcador del ascensor, pensó que aún tenían tiempo, con ese trasto de aparato, de comenzar una concienzuda batalla entre el revolver y la pistola. ¡Ya puestos…no hay desperdiciar nunca nada!
martes, 18 de enero de 2011
INSTINTO MATERNAL
Un día mi hijo de tres años me preguntó: -Mama, ¿por qué tú no tienes pilila? -Pues porque yo soy una niña. Soltó una carcajada y me dijo: Tú no eres una niña, tú eres una mama.
Nunca he tenido instinto maternal, nunca me gustó jugar con muñecas de pequeña, prefería ser la morena de los Ángeles de Charlie o una de las chicas de Comando G.
Luego ya, de mayor, cuando veía a una pareja con un par de chiquillos por la calle, uno en bicicleta y el otro en el carrito berreando por un chupachups, por poner un ejemplo, me daban pena. Me parecían el paradigma de la resignación, del “paestohemosquedao”, la más incomprensible y absurda forma de perder los mejores años de tu vida: criando cuervos.
Pero las cosas cambian, un día conoces a un semental que te da veinte razones para no casarse y nunca jamás tener hijos en la primera cita, te pones de acuerdo con él en todo y a los dos años estás casada y jugando a la ruleta rusa con tu ciclo menstrual.
Entonces pasa. Unos días de retraso, quizás estés embarazada. Un predictor. Mi prima es enfermera, seguro que tiene alguno en casa.
Dos rayas azules, bueno, no, una más oscura que otra.
A ver. - Mi prima con cara de experta se pone las gafas: - Huy, esto es un preñao que te cagas. (preñao que te cagas debe de ser el término científico que usan en el hospital para decirle a una señora que está esperando un bebé)
¿Seguro?
Ya te digo.
Habrá que comentárselo al padre, no para que pueda ya hacer nada, pero al menos que sepa que va a tener que mantener a alguien durante los próximos años y a su hijo, claro. Cuando se lo dije, se me quedó mirando con los ojos muy abiertos y me dijo: ¡Qué hemos hecho!
Estar embarazada es , más o menos desde el tercer mes, como haberse comido un borrego. Estás todo el día controlando el tabaco y los almax. Tienes un sueño tremendo y en las siestas sueñas cosas como que tu hijo nace sin brazos y de repente se convierte en perro y os tenéis que ir a vivir a una choza del África subsahariana para que nadie le tire piedras porque tiene la cara de Álvarez Cascos. Otras veces sueñas que tienes un bebé precioso pero que se transforma en un alienígena que te come las entrañas.
No voy a comentar lo de las clases de preparación al parto por no herir susceptibilidades. Sólo diré que son peor que una secta, qué digo una secta, son peor que los creacionistas, qué digo los creacionistas, son más peligrosos que Sara Palin escuchando a Wagner. ¿Parto natural? ¿Que tener un hijo es algo natural? ¿Sin anestesia?¿Desde cuándo, si puede saberse, lo natural es lo más saludable? ¡Lo natural es morirse!. ( He dicho que no iba a comentar nada).
Por resumir, te pasas 9 meses intentando esquivar a tus amigas por la calle, sobre todo a esas que te dan besos en la barriga y dicen ¡qué alegría más grande!, con los ojos llenos de lágrimas. Tú sólo quieres poder volver a moverte con dignidad fuera del agua.
Parecía que iba a nacer el niño, fuimos al hospital y a los tres días llegó al mundo algo parecido a un bebé, a decir verdad parecía un bebé si no fuera porque tenía la cara de Jordi Pujol, cosa que extrañó a todo el mundo ya que no éramos ni familia lejana. Toda la familia estaba emocionada, el primer nieto. Mi padre lo observó unos instantes y con mucho convencimiento manifestó a la concurrencia: No os preocupéis, a éste no nos lo quitan.
De lo que más me acuerdo es de la primera noche, aquella cunita transparente que pusieron al lado de la cama, mi marío roncando plácidamente en el lecho del acompañante, el niño con los ojos cerrados , no los había podido abrir aún, por lo hinchados que los tenía. Yo lo contemplaba con más curiosidad que afecto, qué raro, qué cosas tiene la vida, hay que ver, lo que somos, que nos creemos algo... y, de repente, esa criatura me estaba mirando ( Ya sé que los neonatos no ven nada, pero me miraba, os lo juro). Ahí estuvimos un buen rato sin quitarnos la vista de encima. Nos acabábamos de conocer y yo dejé de ser una niña a los treinta y dos años.
jueves, 13 de enero de 2011
LOS TRES JINETES

Anoche llamaron a la puerta, vaya por Dios. Seguro que no es una tía buena, me dije. Dejé el Play Boy sobre la mesilla, con el resto de pornografía barata que colma mis días. Me levanté con pocas ganas, fui rascándome la entrepierna, hurgándome la nariz, escupiendo en el suelo, tropezando con una lata de cerveza vacía, eructando, manejando con pericia un mondadientes entre mis piños cariados. Con mi peculiar andar chulesco de vaquero me llegue hasta la entrada.
Todo eso en los escasos dos metros que hay desde mi cama a la puerta.
Si es que soy un figura, coño.
Abrí de mala hostia, y me encontré de repente con tres jinetes del Apocalipsis: Muerte, Peste y Hambre.
¿Y Guerra? Inquirí.
"Le preguntamos a un vecino por tu casa. Creyó que éramos amigos tuyos y le descerrajó un tiro de escopeta. Dice tu vecino que te va a matar", contesto Hambre.
Sí, ya, es un capullo, le tire los tejos a su mujer. Dije escupiendo de nuevo. El salivazo cayó entre los huesos del pie de Muerte.
Bueno, ¿qué coño queréis a estas horas?, les pregunte.
"Estamos asolando el mundo, y hemos pasado por aquí porque eres un ser detestable", dijo Hambre.
“Aborrecible”, apostilló Peste.
“Abominable”, añadió Muerte.
Cojonudo, pasad, invité.
Cuando cruzaron el umbral el primero en salir corriendo a vomitar fue Peste.
"Es insoportable, que hedor a madriguera de bestia azmilclera".
Peste era un remilgado de mierda, el muy nena no toleraba el aroma a macho cabrío de mi morada.
No es para tanto, dije yo, mirando los rostros lívidos de los jinetes.
Cuando Muerte entró, mi perro despertó de su sueño de veintitrés horas diarias. Con ademanes de bicho hambriento se puso a olfatear sus tibias. Antes de que la dama anoréxica pudiese darse cuenta, el muy cabrón le había hurtado un hermoso fémur y ya corría a roerlo con tranquilidad en el montón más mullido de desperdicios del salón.
Muerte se desmorono con un ruido de tablones entrechocando.
Otro montón basura.
Sin embargo, quizá lo más curioso fue cuando Hambre abrió el refrigerador. Después de ver las telarañas frías de mi nevera, me pasó disimuladamente un brick de leche y un cartón de huevos.
Miquel Silvestre - (Cuentoyporquetanto)
miércoles, 12 de enero de 2011
UN INCIDENTE
Estaba yo en mi habitación de hacer ver que estudio, leyendo tranquilamente una cosa muy divertida que escribió Sigmund Freud: El malestar en la cultura. Así de entrada puede parecer un tostón pero cuanto te cuenta que nuestras facultades de felicidad están ya limitadas en principio por nuestra propia constitución, y que el sufrimiento nos amenaza por tres lados: desde el cuerpo, condenado a la decadencia y al dolor; del mundo exterior, capaz de encarnizarse en nosotros como fuerzas implacables; y de las relaciones con los otros seres humanos... Freud resuelve que el peso de la vida nos obliga a tres posibles soluciones: distraernos en alguna actividad, buscar satisfacciones sustitutivas (no sé qué quiere decir con lo de sustitutivas ni sustitutivas de qué, aunque pone como ejemplo el arte) o bien, narcotizarnos. En fin, que te dan ganas de hacer lo último directamente y acabar con esto de una vez.
Pues así de enfrascada estaba yo cuando veo pasar por el pasillo a mi marío con muchas prisas. No hice caso y seguí buscando en el texto un atisbo de esperanza. Le oía abrir y cerrar los armarios de la cocina, la despensa, el mueble del baño, entró en mi habitación de hacer ver que estudio mirando los estantes, salía despavorido….
Al final, por mucho que una se quiera hacer la tonta y como que la cosa no va contigo, pues te pica la curiosidad y así como de mala gana, después de un cuarto de hora de morderme la lengua hice la pregunta: ¿qué buscas?
Mi marío se asomó al quicio de la puerta con los ojos de misterio y el alma llena de pena: ¿dónde está el insecticida? (es que mi marío es muy fino y dice insecticida, en mi casa le hemos llamado “el flis” toda la vida).
Al principio me mostré molesta por la interrupción, pero fue algo momentáneo, porque pronto caí en lo que significaba que mi marío estuviera buscando el flis. Se me aceleró el corazón de repente me levanté, me puse más seria de lo que me había dejado Freud, me quité las gafas y miré a mi marido con horror, saqué fuerzas de flaqueza :
-¿Para qué lo quieres?
-Para echárselo a la ensalada, ¿para qué lo voy a querer? He visto algo en el vestidor que no me ha gustado nada. (hablaba como un cirujano observando un escáner cerebral)
- Pero… ¿qué has visto? ( yo estaba ya para darme algo)
- Es mejor que no lo sepas.
Fui a la cocina, abrí el armario del fregadero, cogí el bote de “flis” y se lo entregué a mi marido compungida, como si le estuviera entregando una smith & wesson para que matara un cervatillo herido.
Lo que había en el vestidor creo que era una cucaracha del tamaño del cañón del colorado, pero no he vuelto a preguntar. Mi marío se deshizo de ella y yo me tumbé en el sofá hasta que se me pasó el susto.
Menos mal que había un hombre en casa.
martes, 11 de enero de 2011
LA MEDALLA
Resulta que mi suegro lo apuntó a un curso de natación, porque, según él, el niño tenía que aprender a nadar, porque todos los nietos de tres años de sus amigos pijos del “club” ya sabían nadar y el suyo no iba a ser menos. Así que, allí estábamos, mi marío y yo a las seis de la tarde para que el niño fuera con “el señor” a aprender a no ahogarse. Durante tres semanas el mismo cuento: el niño, por el desbarajuste del horario estival se despertaba de la siesta a las cinco con muy mala leche, había que ponerle el bañador, las chanclas y la camiseta a la fuerza, mientras gritaba ¡noooo, a la piscina con el señor nooooooo!
Una vez lo teníamos vestido, lo metíamos en el coche, y cuando conseguíamos atarlo a la silla, cerrábamos la puerta con el seguro para que no la abriera y se nos cayera en la carretera. El trayecto duraba veinte minutos hasta llegar al “club” y la mayor parte de ellos se oía:¡ noooooo, con el señor nooooooo! Con ese panorama mi marío se iba calentando (quiero decir que se enfadaba como una mona) y llegaba con un ataque de ansiedad a la piscina. Es que mi marío no es el Santo Job, qué le vamos a hacer.
Cuando llegaba “el señor” a la piscina, mi niño iba corriendo a darle un afectuoso saludo y un beso y lo miraba como diciendo : aquí estoy, para lo que convenga.
Yo me daba un chapuzón para olvidarme de la última hora y media y para no pensar que he parido un déspota desquiciado. Mi marío se sentaba en nuestra silla plegable a hacer sudokus de esos que sólo te dan en el recuadro la suma de dos números y allá te las apañes.
Tres semanas, tres. Todos los días lo mismo.
Y por fin, la recompensa.
El último día hicieron una exhibición. Los más pequeños se pasaron nadando una piscina olímpica sin manguitos ni nada. Y los mayores ya era perfeccionamiento de estilo y tal. Todos los padres y madres, incluyendo a mi marío, con sendas cámaras de video y fotografía digital para inmortalizar tan ansiado momento.
La entrega de diplomas y medallas, con los cámaras a la derecha, los niños a la izquierda, parecía la entrega de los premios Príncipe de Asturias, solo que iban todos en bañador.
Y ahí está mi niño retratado, todo un campeón, con los ojos medio cerrados por el sol, con la medalla colocada y el diploma boca abajo… para comérselo.
Y mi suegro dice que el año que viene lo apunta otra vez, para que no se le olvide lo de no ahogarse.
ESTATURAS
ATEA
Al cabo de diez minutos, se abrió la puerta y yo me levanté de un salto, la madre Rosario me miró de arriba a abajo , muy seria, y dijo : pasa, anda, pasa.
La madre superiora estaba sentada en la mesa, mirando papeles, tenía las manos más bonitas que he visto en mi vida, blancas , con los dedos largos, las uñas impecables, muy cortas. Siempre me pregunté cómo había podido hacerse monja una mujer tan guapa.
En esas estaba yo , cuando rompió el silencio con su voz autoritaria:
- Déjanos, Rosario, por favor.
La otra se fue de mala gana, se perdía una bronca.
- Bueno Matilde, lamento verte otra vez aquí.
Yo bajé la cabeza, no sabía qué contestar, aunque mejor que no contestara nada, mejor callarse, pensé, así acabamos antes.
- Por lo visto, has tenido otro enfrentamiento con Raquelita Lorenzo. Te recuerdo que la última vez vinieron sus padres a quejarse.
- Si, madre.
- ¿Eso es todo lo que se te ocurre? Mira, hija, tu padre hace un gran esfuerzo para tenerte en este colegio, eres interna, y deberías ser más humilde, no hay nada malo en la pobreza, no es una deshonra, acuérdate de Nuestro Señor , no deberías tener en cuenta las palabras de Raquelita al respecto.
- Si, madre.
- ¿Has vuelto a pintarte los ojos?
- No, madre, los tengo así.
- Pues ponte aceite en las pestañas, las tienes demasiado rizadas, y eso es signo de coquetería, y haz el favor de recogerte ese pelo en una coleta, deberías tomar ejemplo de la Virgen María, de su sencillez. A Dios no le gustan las mujeres vanidosas, es algo que tienes que corregir, Matilde, si quieres seguir el camino de nuestra orden.
- Pero yo no sé si quiero ser monja, madre.
- Aún eres muy joven, el Señor te llamará cuando estés preparada, y mi obligación es orientarte .
- Ya, madre pero es que yo..
- Hija, tú no entiendes todavía de lo que te hablo. Entregar la vida al Señor y ser su esposa es algo maravilloso reservado para unas cuantas privilegiadas, deberías estar orgullosa.
Sí, claro, pensé yo, como si estuviera yo ahora caída de un guindo. Atea, yo me hago atea. Os vais a enterar cuando salga yo de aquí, voy a servir a quien yo os diga, locas, que estáis todas locas…
La madre superiora, cruzó las manos encima de la mesa y me miró como si adivinara lo que yo estaba pensando, yo bajé la vista, por si acaso.
- Ah, y otra cosa te voy a decir: A partir de ahora las clases de piano te las va a dar la madre Consolación.
- Pero, madre!! Por qué?
- Por que el Don Miguel deja este colegio a partir de hoy mismo. Y no me hagas hablar, que ya sabes tú muy bien el porqué.
Atea, yo me hago atea.
Y LOS DIOSES PUSIERON NOMBRES A LAS COSAS
¿Te gusta Alba? –Preguntó.
Es precioso. ¿Puedo morderlo?
-Claro, pero no aprietes que puede doler.
-No te preocupes.
Y Alba hincó sus dientes y el néctar le llenó la boca.
Pues tenemos que ponerle un nombre Alba. ¿Qué se te ocurre Coque? Soy muy mala para la gramática.
Vamos a ver. –Intervino Coque. ¿Está rico? Y ella dijo que riquísimo.
Entonces está muy claro lo llamaremos albaricoque.
miércoles, 29 de diciembre de 2010
AMIGO DARTH III

Ahora que he acabado con la colada, que he sacado brillo a todos y cada uno de los muebles y electrodomésticos tan bien elegidos por mi sensible costilla, y cuyas letras seguirán pagando mis descendientes, ahora que he jugado las tres horas reglamentarias con mis vástagos, para conjurar el complejo de culpa de padre moderno, ocupado y egoísta. Ahora, amigo, puedo seguir adoctrinándote.
Tú sabes de mecánica y de coches, y ella no. Así de simple. Aunque ella sea ingeniero, no sabe. Así que tienes que conducir su coche, y ya sabes cómo. Sí, así, con brío, con energía. Eso es, mete la segunda a capón y písale.
¡Písale, coño!
Ahora sí que anda este cacharro. Apura la marcha, hasta que ese motorcillo afeminado pida clemencia. Cuando parezca que algo va estallar, entonces, y sólo entonces, mete tercera. Y ahora písale más.
Eso, qué piten, que el semáforo estaba en ámbar, que lo has visto.
Cuidado con la vieja. Frena con ganas, que chillen las gomas dejando tu rubrica negra en el asfalto.
Llegado este momento, seguramente ella hará algún comentario ligeramente recriminatorio. Tú ya sabes. Alguna de esas puntadas inocentes, pero que pican como un pellizco. Entonces tú paras, té bajas muy digno, y le dices que conduzca ella.
Es aquí, mi querido amigo, cuando empieza lo más difícil. Tienes que apostrofar, glosar y apostillar cada uno de sus movimientos y maniobras. "A la derecha", "mete tercera", "No, no pongas el intermitente, que eso son mariconadas", "para", "arranca", "Le vas a dar, le vas a dar", "le diste, ya te lo decía yo".
Es agotador, lo sé. Pero nadie dijo que esto fuera fácil. Tu tienes que seguir y hacer caso omiso de su mala cara primero, de sus quejas, después, y de sus gritos coléricos, por ultimo.
Al final te dirá que lo lleves tu. Y entonces ya sabes cómo, con energía, como un tío, a lo bruto.
A disfrutar conduciendo.
Bueno, Darth, te dejo, tengo que ir al hiper a comprar, otro día sigo. Mañana quizás no pueda, es domingo, me tendré que poner el chándal e ir a lavar el coche. El bueno, el de ella.
Un saludo.
Miquel Silvestre - Palabras Malditas.net
martes, 28 de diciembre de 2010
TENÍA QUE SER ANDALUZA LA TÍA
LLevaban allí más de tres meses. Y todo por aquella absurda prohibición de la Ministra Rosa Aguilar. Tenía que ser andaluza la tía. Bien que nos había jodido estableciendo una veda de la caballa.
Se puso el chubasquero y salió reptando. Lo cierto es que de no ser por lo desagradable de la razón que allí Los tenía, en otras circunstancias hubiera dicho que se estaba bien. En Madrid no llueve como en Andalucía, que lo hace de forma tormentosa y con mucho viento, en la capital llueve pero de forma moderada
De repente, le sorprendió que alguién corría atravesando la avenida, corría a saltos y le pareció que venía vestido de rojo. Sí, vestía de rojo y traía un gorro también rojo con una bola blanca, el pobre venía mojado completamente y se dirigía a él.
-Coño. Dijo Ripley.
-¿Son ustedes los marineros que protestan por la veda de la caballa?
-Sí señor, somos nosotros.
-Menos mal que por fin los encuentro, soy San Nicolás y vengo de las lejanas nieves.
-¡Anda ya con el rollo primo! Dijo Rafael. Y se metió de nuevo en la tienda de campaña.
Rafael no daba crédito a lo sucedido y un compañero le preguntó: -¿Qué te pasa Rafael que has entrado con una mala cara del carajo?
-¿Qué me pasa, qué me pasa? La ministra, esa hija de puta que ha mandado al empleado de El Corte Inglés para convecernos que levantemos la huelga, eso es lo que me pasa.
REYES MAGOS
Y AHORA VA LA MINISTRA Y ME LLAMA LADRÓN
Luego tengo que esperar que aparezcan con la furgo, ponerme el anorak Quetchua, heredado pero muy bueno y tirar pa el centro. Una vez que llego a la primera rotonda ya me encuentro el primer atasco. Ya no estoy para atascos que me cabreo mucho. Resisto, soporto la humillación y la gente me mira porque llevo más capas que una cebolla.
Tras dejar a la derecha el hospital recuerdo que no he comprado el periódico, aparco en doble fila, pongo las luces de emergencia (en realidad no deberían llamarse de emergencia sino de me paro un ratito que tengo que comprar algo), abro el periódico. Me encanta abrir el periódico, hojearlo, su olor a tinta y los anuncios que son cada vez más bonitos.
Me la encuentro, una tal Salgado que mira de reojo la tía, asegura que su ley saldrá aunque el mundo entero se oponga.
Leo con atención: "La Ministra Salgado asegura que las descargas de internet son ilegales y quienes la realizan unos ladrones que se están cargando la cultura."
Lo que me faltaba, ahora va la ministra y me llama ladrón.
Jesús María Serrano
BUENAS INTENCIONES
LAS BUENAS INTENCIONES
Los humanos nacemos con algo que no sabemos exactamente para que vale que se llama “orgullo”.
El Orgullo, nos hace cometer muchas tonterías, nos impide rectificar en nuestros errores, nos hace contumaces en nuestras equivocaciones, y nos lleva a posiciones absurdas.
Cuando ya nos es imposible mantener nuestra tozudez, y no nos queda mas remedio que rectificar, acudimos a un gran invento, del que la Iglesia Católica ha hecho franquicia, que se llama perdón.
El perdón es un gran invento, pedir perdón te permite, hacer la peor de la fechorías, calumniar, matar o cometer cualquier maldad, que después pasas el trapito del perdón y todo queda limpio y perdonado, y ¡!ay!! de aquel que no acepte al que pide perdón, pasa de ser victima a verdugo, de perseguido a perseguidor..
La Navidades, son época propicia para pasar el trapo del perdón, sacamos el perdón y el paño, y en un pis-pas, dejamos nuestra conciencia como los “chorros del oro”
Yo aunque agnóstico, me apunto a la limpieza navideña, saco mi perdón y pido humildemente disculpas a todos los que he ofendido..
¡! Total ¡! Que cuesta ¿?…
miércoles, 15 de diciembre de 2010
BESOS Y CONVERSACIONES
-Tenemos que hablar, me dijo, sin añadir nada más.No hacía falta, siempre que teníamos que hablar era de lo mismo: de nosotros. O mejor dicho, de mi. Yo, en realidad, hacía tiempo que sabía la verdad: que cuando hay que hablar de nosotros, es que ya no hay nada que decir. Y sin embargo, callaba. O mejor dicho, hablaba. De nosotros. En realidad de mi.
- Tenemos que hablar, añadió.
Lo dijo sin mirarme, entonces comprendí. Hablaríamos de ella. De lo que sentía. O precisando, de lo que no sentía y debería sentir, y también de que no sentía eso que debería sentir precisamente porque yo se lo impedía.
Cuando yo era un buen chico y le hacía sentir las cosas que sí debía, nunca decía tenemos que hablar, simplemente, me besaba.
Ahora, mientras recuerdo al perro de Paulov y sus previsibles secreciones, pienso que era fácil distinguir lo que tocaba en cada momento.
Y es que, en realidad, no era tan difícil convivir con ella: todo se resumía en besos, y conversaciones sobre nosotros.
Tampoco estoy seguro de que las conversaciones prevalecieran sobre los besos. Aunque hoy, contaminado el recuerdo por los sentimientos, pudiera parecérmelo.
Pero seguramente, un observador imparcial, juzgándonos por nuestro reiterados comportamientos, podría afirmar que, sin duda, yo prefería los besos y ella las conversaciones.
Y sin embargo, lo que hablábamos casi siempre trataba de que ella prefería con mucho los besos, pero yo era la causa contumaz de que siempre tuviéramos que hablar de nosotros.
Miquel Silvestre - Dínamo Estrellada (Ediciones Barataria)









