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jueves, 10 de febrero de 2011

SENDEROS DEL ALMA

Alacena de las Monjas




“No es fácil hurgar en los senderos del alma y resucitar los monstruos de la vida. Pero lo he hecho. Y aquí, en estas confesiones, mi alma recorre, buscando un no sé qué, las palabras”



Adoraba el mar. Desde el puente, todas las tardes admiraba el relajante ir y venir de las olas sentada en una hamaca que mi madre me entregaba para evitar un cansancio excesivo. Yo estaba enferma, y en cuanto realizaba el más insignificante esfuerzo, los tubérculos, aposentados en mis pulmones, impedían que absorbiera el aire. Por ello, percibía con los ojos la suavidad de un oleaje que no podía recibir en mi piel.

Los inviernos eran muy tristes. Como casi siempre lloviznaba, dejaba transcurrir los días recluida en mi aposento en compañía de una profesora por la mañana y de los juegos por la tarde.

En el verano todo era más alegre porque paseaba, lentamente, por el campo. A veces, un acceso de tos me obligaba a detenerme en el camino, a menudo echada sobre la arena si no hallaba piedra alguna. Mientras recobraba el aliento, examinaba al señor Alejandro cultivando sus tierras. Este hombre aparecía y desaparecía entre las hojas de remolacha, dejando un rastro de humo procedente de su enorme pipa, y por el que localizaba el lugar exacto en el que se encontraba agazapado. Yo seguía los movimientos a veces violentos, generalmente pausados, de la humareda. En una ocasión, esta permaneció fija en el mismo lugar del espacio bastante tiempo, como si soplaran dos vientos en direcciones contrarias que evitaran su desplazamiento. Intrigada, me dirigí hacia Alejandro y lo encontré dormido en un surco con la humeante pipa entre los labios.

Otras veces, la abuela Emiliana caminaba, con la azada sobre el hombro, en dirección a la sierra. Era muy vieja y casi ciega, pero muy fuerte: nunca descubrí en su rostro un gesto de agotamiento. A mí me analizaba con desolación y amargura por la fragilidad con que me alumbraron. Me aconsejó que bebiera muchos huevos batidos, porque eran buenísimos para terminar con todo tipo de debilidades. Seguí su consejo durante algún tiempo, de modo que, cuando caía la noche y todos dormían, iba a la cocina y los preparaba. Como no apreciaba mejoría alguna, los abandoné, pero nunca pude volver a comerlos.

Mis paseos no eran muy largos porque me cansaba, pero los recorridos eran cambiantes según fuese mi estado anímico. Así, si un día amanecía alegre, seguía la senda que finalizaba en la choza de “Trapito”; si despertaba con grandes pesares, visitaba a Teresa.

“Trapito” era muy simpático. Lo apodaron así porque llevaba un pequeño esparadrapo en la punta de la nariz con el que intentaba disimular el trozo de carne que le faltaba. Un Guardia Civil se lo arrancó de un disparo cuando lo sorprendió robando en la finca de don Paco, el alcalde del pueblo. “Trapito” le estaba agradecido, porque aseguraba que lo hizo por su bien, como escarmiento para que no volviera a introducir la nariz en las propiedades de los demás. Aprendió la lección y toda su vida actuó con gran rectitud, engañando su hambre con la ingestión de hierbas, serpientes y lagartos.

En una ocasión hizo una demostración de cómo cazaba y preparaba estos reptiles. Los vigilaba largamente y, cuando los sabía dormidos, les aplastaba con una piedra la erguida cabeza. Una vez muertos, los introducía en una bolsa y, en el momento que reunía veinte o treinta, se encaminaba a su habitáculo. Allí, encima de una piedra, separaba la cabeza del resto del cuerpo, los abría en canal y los limpiaba. Posteriormente procedía a lavarlos en un regato que discurría por las cercanías para, finalmente, cocerlos en un recipiente que contenía agua, sal y berros.

Le gustaban bastante los lagartos, sobre todo si eran verdes, porque decía que estos eran más sabrosos y blandos que los marrones. Si, le gustaban mucho los lagartos verdes.

“Trapito” era muy simpático. Las tardes de los sábados ofrecía su arte a cambio de una peseta. Antes de comenzar la actuación cobraba su importe y, si alguien no había podido conseguir la moneda, le fiaba hasta el siguiente sábado. Hubo un chico que nunca obtenía el dinero, y “Trapito” le daba crédito actuación tras actuación. Comentaba “Trapito” que los padres de este niño eran muy pobres, y que su madre pedía limosna en la plaza del pueblo. Por ello, como presentía que estaba hambriento le dejaba ver gratis sus funciones, ya que, cierta vez, un hombre muy sabio le dijo que la cultura mataba la necesidad de comer.

Las representaciones las llevaba a cabo en un llano cercano al cementerio. Allí, como no poseía sillas, disponía, en fila, varias piedras rematadas con tablas de las que, a menudo, sobresalían puntas que nos pinchaban las nalgas.

El telón lo confeccionaba con una cuerda amarrada a dos secos y tortuosos árboles, de la que colgaba una raída colcha con abundantes agujeros por los que examinábamos sus inertes, calladas y tétricas marionetas. Los títeres eran tres, una figura de hombre y dos de mujer. Las tenía clavadas en una tabla en forma de cruz y, con unos hilos situados debajo de los hombros, las hacía bailar al ritmo de la chirriante música que emanaba de su silbato.

A mí, de todo lo que representaba, lo que más me entusiasmaba era el número de la “culona”. Disfrazado con un vestido de mujer, abultaba con cartones desmesuradamente su trasero y cantaba una canción que decía así:

“Allí va la culona, meneando el culo,
a casa del pescadero a por besugo,
y el pescadero le dice que no hay besugo
y aquí viene la culona meneando el culo”

Aunque todos los sábados repetía la misma función, “Trapito” era muy simpático.

Mis paseos eran cortos debido a mi quebradiza salud. Si me sentía contenta, visitaba a “Trapito”, que habitaba cerca, pero si la congoja me atormentaba, encaminaba mis pasos hacia la vivienda de Teresa, mucho más cercana que la del cazador de reptiles.

Teresa era muy guapa, pero siempre estaba triste y vestida de negro. Me encantaba charlar con ella porque decía que sanaría y sería dichosa, que lo leía en las rayas de mi mano. La creí y, aunque aún no estoy curada, tengo fe en su pronóstico.

Estaba casada con Antonio, el pescador más taciturno y solitario de toda la bahía. El hombre se encontraba preso y, desde la penitenciaria le escribía cartas y versos tan hermosos que parecía un poeta. Yo se las leía porque Teresa era analfabeta. Lo que más la extasiaba eran los poemas, que me obligaba a recitarle una y otra vez mientras sujetaba una amarillenta fotografía de su marido. De todos los versos, Teresa prefería uno, que refería en voz alta en los momentos de más grande abatimiento. Creía que con ello ofendía al Señor, y un día que tubo que confesarse manifestó al cura este gran pecado con un recital proveniente de su melodiosa voz. Creo que el poema era así:

“!Cuantas noches esperando,
una esperanza, Señor!
¡Cuantas noches delirando
pidiendo mi salvación!
De Ti lo esperaba todo, esperanza y salvación,
y Tú no me distes nada,
y yo te di, ¡mi furor!
Si Dios no te da la mano,
la mano que Él te ofreció,
si Dios te deja pudrirte,
Entonces, entonces, ¡olvídalo!”

El confesor la absolvió, y ni siquiera le impuso la penitencia de un Padre Nuestro.

Como Teresa era analfabeta, me enteré de todo lo que su marido sufría en prisión. Escribía que, tras los barrotes de su celda, consumía un arrugado cigarrillo apoyado en el alféizar de la ventana mientras contemplaba, deslizándose, toda la podredumbre y miseria de su existencia. En la blanca y desgastada roca del sanitario vislumbraba retazos de su vida: el viejo hospicio en el que se crió, su primer juguete y su primer amor; su primer robo y su primer odio; su primer poema y su primer sueño; su primera puñalada y su primera hombría; su primera sonrisa y su primera lágrima; su primer reformatorio y su definitiva prisión. Decía que, cuando se apagaban las luces, el cigarrillo caía al suelo, donde, con lentitud, se apagaba en la negrura de la noche.

Si, Teresa estaba muy triste sin su marido, tanto como yo cuando me ahogaba porque el aire no llegaba a mis pulmones.

Los días que la enfermedad no permitía que traspasara el umbral de la puerta, los pasaba entre las sábanas. La fiebre me mantenía adormecida constantemente, y, entonces, los sueños llenaban el espacio de “Trapito” y Teresa. Había uno que se producía muy a menudo, y era muy corto. Yo aparecía agonizante encima de mi cama, inhalando aire entrecortadamente, cuando, de repente, vomitaba una masa redonda de color verdoso. Pocas horas después, sanaba y caminaba kilómetros y kilómetros sin apreciar cansancio alguno en mis músculos.

Muchas veces, estas placenteras quimeras se rompían bruscamente en el instante en que mi pecho subía y bajaba agitadamente, y mis manos buscaban el aire que contenía la botella de oxígeno.

Poco a poco fui empeorando. Fue muy triste cuando papa y mama, por consejo del médico, decidieron el traslado de toda la familia a un lugar más seco para que yo pudiera sobrevivir. Vendieron todo, incluso el pequeño barquito que heredamos del abuelo, y nos asentamos aquí, en este melancólico valle, desde donde no puedo visitar a “Trapito” ni a Teresa, ni admirar el relajante ir y venir de las olas sentada en una hamaca.

jueves, 3 de febrero de 2011

¡SEXO Y HUMOR ENCAMADOS!

Alacena de las Monjas
http://www.tusquetseditores.com/fotos/portadas/978-84-8310-377-7_big.JPG!No vuelvo a ir con mi madre a un hospital! Después de días y días insistiendo para que la acompañara a visitar a una amiga suya al sanatorio, accedí. O lo hacía, o mi progenitora era capaz de despertarme de madrugada para, bajo el shock de la somnolencia, obtener una promesa de acompañamiento. Así qué, en pos de mi merecido descanso nocturno, dije sí a su petición. Ni que decir tiene que no soy asidua voluntaria de estos centros, y que alguna vez mi médico me ha amenazado con un edicto judicial de búsqueda y captura -mía, se entiende-, para que no pase a engrosar, con una cruz más, el campo santo, que dicen que se perdería, con ello, un ejemplar único para el estudio. No es que les preocupe mi persona, sino que me muera sin haber descifrado mis rarezas, que ellos califican, suavemente, "como genes imposibles de codificar". O, como le gusta definirme a alguien que me quiere mucho: "genética desquiciante".  Dicen los sabios doctores que si consiguen algo conmigo, tienen garantizado el premio Nobel de Medicina.

Cuando íbamos a traspasar la puerta de entrada al recinto sanitario, mi madre asió el asa del enorme bolso que porto para estas ocasiones, y preguntó, toda inquieta:

-         ¿Qué llevas ahí?
-         !Qué voy a llevar -contesto-, pues unos libros para que se entretenga!
_   ¿No se te ocurrirá llevar los libros esos que tú sueles entregar a los pacientes? !Mira qué esta mujer es muy seria, y bastantes disgustos me has dado ya con estos temas!
-         Mamá -articulo yo-, ¿cómo puedes pensar que tengo tan poco sentido común como para llevar ese material a una conocida tuya y casi desconocida mía? ¿Cómo puedes pensar esas cosas?

!Pero lo llevaba! Después de los saludos de rigor, mi madre le entregó los recurrentes pasteles y flores, y la que esto escribe, !tres ejemplares de La Sonrisa Vertical! Digo yo qué mejor que palmarla de un atracón de dulces si te han operado del estómago, o asfixiarte con el polen de las plantas si a éstas manifiestas alergia, es que cuando te sajen, recosan o revisen, puedas regocijarte con pensamientos gloriosos y sublimes, como son, sin duda alguna, !el sexo y el humor encamados!

He de reconocer que en varios centros hospitalarios me encuentro registrada en la lista negra de visitantes. Y todo porque cuando iba a reconfortar a alguien, me esperaban bastantes pacientes de la planta en el pasillo. !No es que me quisieran mucho, no, es qué sabían que tipo de literatura suministraba!

A lo que iba, que ya me he desviado. Después de diez minutos en la habitación, ya me estaban entrando ganas de salir corriendo, así que, muy educadamente, eso sí, manifesté que iba a tomar un café. Salí y, !destino éste!, tropecé con una conocida que también iba de visita. Nos aposentamos en el mejor lugar de todo el recinto: !la cafetería!

Transcurridas casi dos horas, mi madre comenzó a padecer por mi ausencia, y salió al corredor central a ver si me divisaba. Como después de otear por aquí y por allí no me vislumbraba, decidió -!y vaya decisión!-, dirigirse a información para solicitar mi búsqueda -lo de captura ya no lo dijo, pero seguro que le pasó por la mente- Allí se produjo la siguiente conversación:

-         Madre: "!Ay, que algo le ha pasado a mi niña, que hace dos horas que no la veo!"

-         El guardia jurado: "A ver, señora, tranquilícese usted, que seguro que la encontramos. Dígame, ¿cómo va vestida su niña?"

-         Madre: "Lleva unos pantalones amarillos con cuadritos rojos y verdes, una camisa blanca y el pelo corto".

-         El guardia jurado: "¿Y cuánto mide su niña?"

-    Madre: "!Ay, pues no sé, nunca la he medido!"

-         El guardia jurado: "Imagino que sí recordará la edad de la pequeña"

-         Mi madre: "!Claro que lo recuerdo: 38 años!"

No voy a narrar aquí el regocijo que se produjo en la cola de información, ni, por supuesto, los comentarios que tuve que soportar cuando aparecí por allí. !Vamos, que no vuelvo más a un centro hospitalario con mi madre!

Otro día contaré lo de mi hermano, al que dejé olvidado una tarde en un probador de El Corte Inglés. Desde entonces, !me tiene un desamor qué para que contar!

jueves, 27 de enero de 2011

AMNISTIA INTERNACIONAL

Abrir el email y encontrar noticias así, es lo que te hace, día a día, seguir pensando que la lucha de todos significa la libertad de muchos. Quizás no tantos como nos gustaría, pero cada persona excarcelada, cada persona salvada de una lapidación, cada niño que puede aprender a leer y escribir, cada injusticia que se frena...., es la base para que nunca se pierda la esperanza de una lucha cada vez mayor y de más personas en pos de los derechos humanos que se violan, en cualquier parte del mundo.

Un saludo.
Alacena de las Monjas
Entrando en el link, se puede firmar por la libertad de los presos en Túnez.
http://info.es.amnesty.org/c/mv



Hola Dolores
Te escribo con la buena noticia de la puesta en libertad dealgunos presos de conciencia en Túnez. Entre ellos, está el periodista FahemBoukadous, que cumplía condena de cuatro años de prisión tras un juicioinjusto:

“Quiero dar las gracias a todos los miembros de AmnistíaInternacional por hacer campaña en favor de mi excarcelación. Me he unido aAmnistía Internacional no sólo por mis convicciones, sino también porque elapoyo que me ha dado la organización durante el juicio. El apoyo que herecibido será algo que no olvidaré en el resto de mi vida.”

Estas letras de agradecimiento son para ti, Dolores,porque la liberación de Fahem no hubiese sido posible sin tu apoyo y el demiles de personas solidarias que, como tú, formamos parte de AmnistíaInternacional.

De todo corazón, gracias.

Esteban Beltrán
Director Amnistía Internacional – Sección Española
PD. Másde 22.000 personas han firmado contra la represión en Túnez y para quese investigue la muerte de decenas de manifestantes. Por favor, reenvía estainformación y ayúdanos a conseguir más firmas. Tu apoyo puede salvar vidasy devolver la libertad.










miércoles, 26 de enero de 2011

POETAS EN SOLEDAD: LEON FELIPE

 "Poetas, nunca cantemos
la vida
de un mismo pueblo,
ni la flor
de un solo huerto ...
Que sean todos
los pueblos
y todos
los huertos nuestros"                 "ROMERO"
                                                   Leon Felipe





 "Los grandes poetas no tienen biografía, tienen destino"

Leon Felipe


martes, 4 de enero de 2011

VIOLENCIA DE GÉNERO

El 10% de los nuevos ingresados en prisión son maltratadores

Durante el año 2010 han entrado cada día en la cárcel tres reclusos por delitos relacionados con la violencia de género

FUENTE: PÚBLICO

Lo dicen las estadísticas de Igualdad sobre violencia de género, pero también los análisis de Instituciones Penitenciarias sobre el número de reclusos por este delito: 2010 no fue un buen año en la lucha contra las agresiones machistas. A las 71 víctimas mortales confirmadas durante esos 12 meses, se suma ahora un nuevo dato: de las 10.500 personas que durante ese mismo periodo ingresaron por primera vez en su vida en una cárcel, nada menos que el 10% lo hizo por la comisión de algún delito relacionado con la violencia de género. Es decir, más de mil maltratadores en un solo año, tres nuevos reclusos al día por agresiones machistas.
Así lo destacan recientes estudios de Prisiones a cuyo contenido ha tenido acceso Público y en los que se incide que este delito es desde hace tiempo la tercera causa de ingresos en prisión, sólo por detrás de los robos y el tráfico de drogas. De hecho, a finales del año pasado, el número de internos en las cárceles españolas que tenían como principal delito uno relacionado con la violencia de género era de 3.797.
Las agresiones machistas son la tercera causa de ingreso en prisión

Para llenar siete cárceles

Si a ellos se suman otros presos que, junto a otras infracciones más graves, también cuentan en su historial con delitos de violencia de género, la cifra se dispara a los 9.225. Un número suficiente como para llenar casi siete centros penitenciarios tipo, con capacidad para 1.400 reclusos cada uno.
El informe de Prisiones recoge, no obstante, un dato positivo: el número de presos por este delito tiende a estancarse, como está ocurriendo en el resto de las infracciones. De hecho, 2010 ha sido el primer año de la última década en el que la cifra absoluta de internos en las cárceles españolas ha descendido. Así, el 1 de enero del pasado año había en prisión 3.848 presos por agresiones machistas. Ese mismo año, en junio, se alcanzaron los 3.954. A partir de ese mes, el número se estancó e, incluso, comenzó a descender ligeramente desde octubre hasta quedar en los 3.797 que había cuando se realizó la última estadística disponible, a finales de noviembre. En el primer semestre de 2009, por el contrario, el número de estos presos creció un 40%.
La ministra Pajín apuesta por los brazaletes contra esta lacra
Según Miguel Lorente, delegado del Gobierno para la Violencia de Género, parte de la responsabilidad de estas elevadas cifras es del endurecimiento en la aplicación de las penas que han hecho los jueces en los últimos años: "La condena media que impusieron los tribunales a los maltratadores en 2008 fue de 16 años y seis meses, dos años y seis meses más elevadas que en 2007".
Pese a este endurecimiento, sin embargo, la cifra de asesinatos sufrió durante 2010 un importante repunte. "Este tipo de delincuentes son lo más parecido a un terrorista suicida argumenta Lorente. No les importa que la pena sea mayor o menor. Ellos asumen que van a ir a la cárcel". De hecho, según los estudios que maneja Igualdad sobre el perfil de los autores de asesinatos machistas, destaca el hecho de que la mayoría ni siquiera huye tras cometer el crimen.
¿Y hacer públicas sus identidades tras la condena? Lorente reconoce que su departamento ha barajado dicha iniciativa, pero que la ha descartado. "Sería negativo, ya que habría mujeres que no denunciarían a sus maltratadores, precisamente, para evitarles el escarnio de salir en las listas", asegura Lorente.
La ministra de Sanidad, Política Social e Igualdad, Leire Pajín, abogó ayer por "los brazaletes de protección y los protocolos sanitarios" para reducir esta "lacra inadmisible". Pajín afirmó en la Ser que 100.000 víctimas están siendo protegidas.

martes, 28 de diciembre de 2010

REYES MAGOS




REYES MAGOS

"A la memoria de Antonio, que hizo que
creyera, en las noches de lluvia, en los
Reyes Magos. Y que aún siga, hoy,  mirando al cielo"

CAMINO DEL HOSPITAL

I

Llovía torrencialmente. El coche se bamboleaba de un lado a otro, sorteando los baches  de una carretera comarcal aún sin asfaltar. Oscurecía poco a poco. El conductor maldijo esa noche de perros que sin piedad iba sumiendo a la carreterucha en charcos de barrizal.

El coche era muy viejo. La espuma de los asientos asomaba por las rajas del cuero que lo revestía. Las ventanas hacía años que no se bajaban. Estaban rotas. Techo y puertas aparecían con oxido amamantado por el frío y la humedad durante muchos inviernos. Ya no recordaba, siquiera, cuantos. El motor semejaba el sonido de una voz ronca y ajada, de fumador agonizante que cada amanecer emitía el penúltimo estertor cuando tosía. Algún día sería el último.

Miró por el espejo retrovisor. Ojalá también estuviese destrozado,  como todo lo demás. Pero no, allí permanecía incólume, inalterable, como fiel apuntador de una escena en la que no existían actores. Maniobró torpemente con su mano derecha y el espejuelo comenzó a desgranar ante sus ojos el granizo que golpeaba, airado y virulento, la chatarra en que se había convertido el viejo taxi. Ya no sentía más que la respiración de las tres personas que ocupaban el asiento trasero. No veía,  por fin, sus súplicas.

UNAS HORAS ANTES

II

Había decidido que esa  tarde, día de Reyes, no saldría de casa. El taxi lo aparcaría en el almacén de fruta que, ocasionalmente,  utilizaba como garaje. Cuando pasó por delante de la casa de Antonio, vio a su sobrina correteando en la puerta. Era extraño, la niña muy pocas veces jugaba en la calle. Los pantalones de lana y botas  katiuskas, el abrigo con el cuello subido y apresado por una bufanda de mil destellos, el sombrero de lana y los guantes, dejaban ver sólo una figura pequeña, muy pequeña. Pero sobre el color rojo del gabán, conmovía una mirada cálida, suave, sosegada. Recordó a la madre de la criatura.  Había heredado sus ojos.

LA CAÍDA

III

Subió a su casa y abrió la ventana del salón, ese que daba al lejío. Debía de haber limpiado el coche antes de encerrarlo. Pero, ¿para qué? Era innecesario. No se puede quitar nada de lo que ha prendido en la piel de un cuerpo o en el esqueleto de un cacharro. Sería malgastar el tiempo. Escudriñó la tarde y observó como preparaban, en el prado de José Cazorla, las carrozas que recorrerían las callejuelas  del pueblo con falsos Reyes Magos. Le hastiaba tanta mentira basada en leyendas arcaicas. No se quedaría allí para soportarlo. Llamaría a Soledad y sortearía con ella la noche. Sí, es lo que haría. Cerró despacio la ventana y encendió la chimenea.

¡MALDITA NIÑA!

III

Dormitaba cuando escuchó la aldaba del portalón de la entrada. La hermana de Antonio la golpeaba con desuello. En sus brazos acurrucaba a la niña. Se había caído y su pierna izquierda iba quebrada en mil pedazos. En ese pueblucho no existía más que un transporte público, el suyo, por lo que estaba obligado a trasladarla al hospital más cercano, a setenta kilómetros, en una noche propia de los infiernos. La niña lloraba sin voz, solo con lágrimas y la mirada. Y así fue todo el trayecto hasta llegar al centro médico. Ni un leve quejido. ¡Maldita niña! Él hubiera gritado.

ANTONIO

IV

La mañana transcurrió con la misma dureza de siempre. La cantera no da tregua ni un instante,  ni tan siquiera en la noche de los sueños. Pero pudo comprar los regalos de Reyes para su sobrina, y sólo faltaba envolverlos. Preguntó por la chiquilla después de traspasar el umbral de la casa. Cuando le dijeron que iba camino del hospital, su rostro se endureció y golpeó los barrotes de hierro con los nudillos agrietados. ¿Cuántas veces más tendría que visitarla allí? Mientras retiraba la sangre de sus dedos con un pañuelo, contempló como los críos chapoteaban sobre los charcos y, de vez en cuando, paraban para tocar la zambomba con un ruido propio de mil demonios. Eran las seis de la tarde y seguía lloviendo torrencialmente.



Tenía diecisiete años y utilizaba para desplazarse la vieja bicicleta que se compró con su primer sueldo. No necesitaría más que un impermeable para él y otro para cobijar los regalos. Pero el desplazamiento en esa especie de amasijo de hieros era imposible, y únicamente encima de algo con motor podría llegar a tiempo. Recordó a Nemesio y su cochambroso vespino, y se lo pidió prestado. Nemesio le recomendó que no viajase esa noche, porque era cerrada y cruel, y en cualquier recodo podría sorprenderle el fantasma de lo inesperado, el susto de lo desconocido. Antonio lo miró y nada dijo. Se subió el cuello de la chaqueta y levantó el rostro para sentir el golpe seco de la lluvia. Golpeaba fuerte, pero no podía sentir ya más dolor.

Siete de la tarde. Niebla y lluvia. Relámpagos que habían cortado el suministro eléctrico y obligado a prender velas para alumbrar las salas. Las farolas de las calles estaban calladas, inertes, cuando abandonó el pueblo y tomó la carretera embarrada camino del hospital.

EL TAXISTA

A la niña tuvieron que intervenirla urgentemente. Quise marcharme, pero no pude. Los ojos de esa criatura lograron prender en lo poco que me quedaba del alma. Ni siquiera los pechos turgentes y la calidez del vientre de Soledad me arrancaron de la puerta del quirófano. Pasaron tres horas.

Un cigarrillo. Necesitaba fumar un cigarrillo. Se escuchaba un villancico y belenes y bombillas sorteaban los pasillos cuando caminaba hacía la entrada del recinto. No había nadie traspasando la oscuridad de la noche. Vil noche para tantos niños que soñaban con sus Reyes Magos postrados en una cama blanca. Vil noche para todos aquellos que no pusieran a los pies de cada uno de ellos, esa noche, una mano de Rey Mago. Con rabia tiré el cigarrillo a la calle. Levanté la vista y algo me detuvo allí, expectante. Era una tenue luz.

Antonio se acercaba arrastrando una motocicleta. El barro había impregnado hasta su barba y las manos aparecían amoratadas por el frío. Me preguntó por su sobrina y le dije que aún estaba en el quirófano. Le ayudé a bajar los paquetes y me pidió que se los guardara mientras iba al lavabo. Cuándo salió, ni rastro había en parte alguna de su cuerpo que explicara el temporal que había tenido que traspasar para estar allí esa noche.

LA NIÑA

Noche cerrada. La criatura, aún bajo la anestesia, aferraba, con una de sus manos, la de la vieja abuela que estaba a su cabecera. Antonio la miraba y esperaba que abriera los ojos. Taciturno, paseaba por la estancia y recolocaba los juguetes de su sobrina, ahora encima de la mesilla, después a los pies del camastro. Nadie hablaba, ni siquiera se preguntaban que demonios hacía yo allí. Eso, ¿por qué cojones estaba yo allí?

Era de madrugada cuando pudimos volver a contemplar sus hermosos ojos. Miró a su abuela, a su tío, a mí, y finalmente, los regalos depositados sobre la colcha. Cogió y abrió cada uno de ellos y seguía sin sonreír. La niña comenzó a mirar, pensativa, el campo a través del ventanal. Un niño, en muletas, miraba, también, a través de la misma ventana. No tenía regalos depositados sobre su cama.

Fijó sus ojos en su abuela y, por primera vez, sonrío y comenzó a dibujar. Cuándo terminó, le extendió el papel a su tío y sus ojos se llenaron de lágrimas. Eran tres Reyes Magos. Y debajo de uno de ellos había escrito Antonio.

Muchos años después, cuando ya paso mis últimos días sentado en la puerta de mi casa, ella me acompaña alguna tarde de verano y me habla sobre su vida. Y yo la escucho. La última vez me preguntó la razón por la que yo había permanecido junto a ella esa infernal noche de Reyes. Y fui totalmente honesto cuando le contesté: porque tenías los ojos de tu madre y porque sabía que Antonio estaría allí esa noche. Por las dos cosas mereció la pena no besar los pechos de Soledad.



 Alacena de las Monjas



jueves, 2 de diciembre de 2010


EUROPA:¿INMIGRACIÓN SÓLO CUALIFICADA?


La crisis económica en la UE ha cobrado un dramáticopeaje, y es la aprobación de políticas gubernamentales contra la inmigración,que van desde las deportaciones masivas en países como Italia o Francia, a losendurecimientos de diversas normativas sobre inmigración o extranjería, sinolvidarnos de la aprobación de leyes de retorno voluntario, promulgadas por losdistintos países miembros, entre ellos, España.

Son, igualmente, los inmigrantes motivo de uso para de rentabilidadpolítica cuando se produce, contra ellos, un mensaje xenófobo por parte dedirigentes de determinados partidos políticos, que, manipulando o falseando losdatos, crean la conciencia de que a ellos, a los inmigrantes, se les debe, engran medida, la crisis de servicios sociales que pueda padecer un paísdeterminado.

Y sin embargo, obvian el muy importante papel que, en elcontexto económico de los últimos veinte años, ha tenido la inmigración en eldesarrollo y bienestar de los países receptores de los mismos, y olvidan omaquillan, voluntariamente, la trascendencia e importancia que, de nuevo,volverán  a tener,  a medio y largo plazo, en la reactivacióneconómica de Europa. Tanto es así que, en el ámbito internacional, laOrganización Internacional del Trabajo avisa sobre las actuales medidas defomento del retorno debido a las futuras necesidades de mano de obra que seproducirán una vez superada la crisis actual, y manifiesta que, “tarde otemprano, la economía mundial y las economías nacionales se recuperarán. Lademanda de trabajo, que ahora está en depresión, revertirá su actual tendencia.Si se da un carácter legal y permanente a las medidas que ahora se estánadoptando para reducir la admisión de inmigrantes, y se restringen las posibilidadesde que las empresas puedan satisfacer su demanda de trabajo con trabajadoresextranjeros, pueden acabar generándose impedimentos para la reanudación delcrecimiento económico”. Respecto a la valoración que dicho Organismorealiza sobre las políticas de  retornovoluntario, considera que, “en sí mismo, no merece discusión; sin embargo,cuando los beneficiarios son los trabajadores que se han familiarizado con losentornos de trabajos de las sociedades de destino, la validez de estosprogramas queda en tela de juicio, ya que la socialización de los nuevosinmigrantes que se necesitarán después puede suponer un costo mayor que elgenerado por los actuales retornos”.

Se ha instalado la idea, muy profundamente, de que Europasólo requiere, en estos momentos, y requerirá, en las próximas décadas,exclusivamente mano de obra cualificada o muy cualificada. Tanto es así, quemuchos países de la UE han reformado sus leyes de inmigración para queúnicamente puedan acceder a su país mano de obra de estas características,dificultando, considerablemente, la entrada de los inmigrantes con baja o nulacualificación profesional. Es más, también la Comisión Europea, muy crítica enlos comienzos de la crisis con estas reformas, ha acabado aceptándolas y hareformado la normativa comunitaria limitándola para que la admisión detrabajadores lo sea sólo de los altamente formados profesional yacadémicamente. Dado que la previsión, para los países de la UE, es que nodisminuirá la necesidad de trabajadores cualificados en los próximos años, elinterrogante que se plantea es si la inmigración de futuro ha de excluir a lostrabajadores poco o nada cualificados.

En una Europa donde el sector servicios sigue siendo uneje fundamental del crecimiento de la economía, y lo seguirá siendo en elfuturo en igual o mayor medida, no se deben de establecer políticas tan restrictivas cómo las actuales, ya queuna sociedad tan terciaria como la europea, demandará, para los distintossubsectores económicos, no sólo mano de obra cualificada para algunos de ellos,sino que otros requerirán una ingente cantidad de trabajadores poco o nadacualificados. Es más, para algunos autores, entre ellos Massey, “laadministración de una economía global engendra una gran demanda de peritos enelectrónica, telecomunicaciones, banca, finanzas, seguros, derecho, gobierno yciencia, y los trabajadores con niveles superiores de educación migran a lasciudades globales a satisfacer esa demanda. La reunión, en las ciudadesglobales, de trabajadores de ingresos altos y de capitalistas ricos crea unademanda grande de trabajadores de servicios en restaurantes, hoteles,construcción, mantenimiento y servicios personales”.

Para reforzar el análisis que, hasta el momento, se ha idorealizando, es imprescindible hacer referencia a los datos sobre lasproyecciones demográficas realizadas por Eurostat. Los gobiernos de cada paísde la UE, y sus ciudadanos en igual medida, saben que el envejecimiento de lapoblación europea es un hecho constatado y constatable, de tal modo que, al díade hoy, en la UE hay cuatro personas en edad de trabajar por cada persona mayorde 64 años, pero en 2060 sólo habrá dos. Esto, trasladado a porcentajes,significa que, a mediados de este año, la población mayor de 64 es del 17,1%del total de la población europea, y que en 2060 se alcanzará el 30%. Es decir,que, en términos absolutos, pasaremos de los actuales 84,6 millones depersonas, a 151,5 millones.

Los datos de Eurostat llevan a prever que el movimientonatural de población, es decir, la diferencia entre nacimientos y defunciones,dará como resultado la pérdida de 47,9 millones de habitantes hasta 2060, y secuenta con la llegada de 58,2 millones de inmigrantes, lo que permitirá el quese pueda mantener la población, aunque más envejecida. Si no fuera así, si losinmigrantes tuvieran cerradas las fronteras de cada país europeo, no sólodisminuiría considerablemente la población, sino que el envejecimiento seríamucho mayor, y ello propiciaría que el desarrollo económico  no sólo no fuera posible, sino que llevaría ala quiebra el actual sistema de economía globalizada y pondría en peligro eldesarrollo del aún, muy incipiente, estado de bienestar europeo.

¿Necesita Europa más razones para derogar o modificarleyes de inmigración cómo las actuales? ¿Mantendrán los gobiernos europeosnormativas así, que restringen la entrada de trabajadores de baja o nulapreparación profesional? Sí la UE sigue desoyendo los muchos informes queaconsejan lo contrario, no nos extrañe, entonces que, de mantenerse promulgadaslas mismas, un ingente número de trabajadores no cualificados o pococualificados, lleguen, en un futuro próximo, ilegalmente a Europa. Tampocodeberíamos, entonces, criticar y denostar las políticas de regularizaciónmasiva que pudieran realizarse como única alternativa a normativas emanadas dela UE tan discriminatorias, y, por ello, tan injustas.

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